Otro país

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Que en Tumaco la guerrilla está extorsionando a la población; que en...

Otro país

Agosto 05, 2015 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

Que en Tumaco la guerrilla está extorsionando a la población; que en Buenaventura hasta los vendedores de jugo, de minutos, de papa y los mototaxistas pagan vacunas a las bandas criminales; que en Quibdó está la Zona Norte, conocida y también estigmatizada por su población mayoritariamente desplazada, sin empleo, sin acueducto, sin alcantarillado; que en estas tres ciudades se concentra mucha de la violencia que ha acompañado esta guerra por más de medio siglo. Que sus víctimas son jóvenes; que estos jóvenes tienen embarazos tempranos; que es común ver niñas de catorce y hasta doce años preñadas; que estas niñas a menudo esperan hijos de sus padres, padrastros, tíos, vecinos o delincuentes del barrio; que la locura camina por las calles, merodea por las casas, impulsa a las madres a golpear a sus hijos contra el suelo y a sus hijas de once años a “demostrarles” que aún son vírgenes; que el hambre se ha instalado ahí, muy cerca de los recuerdos y de la locura; que la gente no aprende en las escuelas; que el mayor empleador en una ciudad como Quibdó es el Estado corrupto; y que ya ni lo ilegal alcanza, porque como me dijo un minero “el oro está escaso y ya no sé adónde más ir”.La violencia lleva a las personas en un trasegar. Como el de los muertos en pena, o como el de la abuela de poco más de cuarenta años cuatro veces desplazada que acabó en el barrio El Futuro 2, de la capital del Chocó, y que alimenta a sus seis nietos de las frutas podridas que recoge en la plaza de mercado. Puso una denuncia ante la Fiscalía porque a la mayor, de apenas doce años, la violaron en la escuela. Pero como me dijo el mismo minero, “estos barrios son ilegales, y en eso se escudan para no intervenirlos, aunque tampoco nos legalizan la tierra”. Como muertos en pena, se han quedado en el limbo.Pero esto suena a melodrama, es demasiado deprimente. Mejor hablemos del país que va hacía adelante y porque sí, hay un país que sin duda va hacia delante, cuyos indicadores mejoran. Y, sin embargo, hay ese ‘otro país’ allá en donde la selva se funde con el río, con el mar, donde la gente tiene el cuerpo endurecido, una cosmovisión ligada a una intensa vida espiritual, un consuelo en la música y en la danza, un cordón umbilical bien amarrado al África, la carcajada fácil, la tristeza digna y la costumbre de levantarse una y otra y otra vez.¿Para qué decir que los abusos de todo tipo están a la orden del día, que ocurren incluso en donde se supone que los niños van a estudiar? ¿Para qué pensar que si uno tiene solo la primaria y la miseria le sube por las piernas, lo mejor que le puede pasar es ser madre a los 13 años para no ser solo una muchachita pobre y sola? ¿Para qué ir a una escuela donde los profesores no saben leer, donde los maestros les pegan a los estudiantes, o donde los rectores mandan a amenazar de muerte a los educadores sindicalistas? ¿Para qué la empresa privada si trae a los profesionales del interior? ¿Para qué insistir en un discurso deprimente, en un país sobrediagnosticado donde ya sabemos los números y las historias tristes? ¿Para qué volverlas a contar? Por eso cuando alguien me preguntó como me fue en mi reciente visita a estas tres ciudades del Pacífico, no supe qué decir. “Es otro país”, fue todo lo que contesté. Pero en realidad no, en realidad es el mismo país, es la misma patria de todos, aunque las historias de la gente, la descomposición social, los indicadores y el abandono insistan en decirnos lo contrario.

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