‘Obras son amores’

‘Obras son amores’

Junio 08, 2016 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

Es cosa de llegar a Madrid y entiende uno que aunque sea el mismo idioma, los códigos son otros. Buscando el camino de inmigración, le pregunto a un guardia uniformado “¿Por dónde está la salida?”, “Pues por la puerta”, me responde con un vozarrón de macho dejando ver unos dientes disparejos y amarillentos mientras se carcajea con su propia ocurrencia. Lo miro sorprendida, no se me ocurre una respuesta, así que sigo mi camino e intento entender la señalización. Finalmente encuentro, en efecto, una puerta por donde se encuentra la salida. Viniendo del país del “usted no sabe quien soy yo”, del “sumercé”, “a sus órdenes”, y “como ordene”, la cortesía o servilismo de un funcionario de inmigración colombiano nunca daría lugar a una respuesta tan espontánea y desfachatada. Pronto recordé mis dos años en Barcelona, y mis escasos y siempre intensos viajes a otras ciudades de la madre patria. La primera vez que entré a un bar en Barcelona, me sentí ridícula: “Buenas tardes, señor, sería usted tan amable de…” iba ahí cuando el mesero impaciente me espetó: “¿Pero qué te pongo, tía?” Entonces pedí una cerveza, añadí, “por favor”, sonreí en exceso, ahora la servil era yo, la que parecía afanarse por agradar al mesero que casi no vuelve era yo, no él, quien al final me soltó despreocupado: “Venga, guapa, hasta la próxima”, y amablemente me ayudó a salir del rincón donde había quedado atrapada un domingo en un bar del barrio Gótico.Una vez salimos del aeropuerto, en el metro un señor se molestó por el lugar donde había dispuesto la maleta, pero al final me ayudó a acomodarla en el lugar correcto. En esos días, una y otra vez volvió a sorprenderme ese desenfado tan ajeno a nuestra formalidad, especialmente en Bogotá. “Calla, tonta”, le dice un hombre a su esposa entre risas, “no seas pelmazo”, le suelta una abuela a un muchacho en pleno parque, y todos siguen andando, tan tranquilos, sin irse a las armas o a los puños aunque uno al oír el tono y la oración espera lo peor. Cuando viví en Barcelona fui lectora. Mi oficio era leer libros en inglés y en francés (idioma que apenas entiendo) y evaluar su pertinencia para el sello editorial donde trabajaba. Pagaban muy mal. Debía leer cerca de una docena de libros semanal. Cuando hice el primer informe, me recibió la editora con una cara larga. Me dijo: “No lo has comprendido, lo has hecho todo mal”. Me eché a llorar. Me costaba imaginar que en Colombia alguien se hubiera atrevido a hablar así. Me sentí agredida. En mi trabajo de Bogotá me habrían dicho, “Está muy bien, pero, tenemos que ajustar algunas cositas”… y luego, muy probablemente, me habrían despedido. Para mi sorpresa, la editora, luego de señalar con precisión cuanto había hecho mal, me ratificó que seguía contratada y que simplemente “me hablaba con franqueza para que entendiera cuanto debía corregir; era normal que tuviera que aprender estando en un trabajo nuevo”, añadió sorprendida de que me lo tomara tan mal. Luego de cinco días en España, volví a sentirme seducida por el valor de decir lo que se piensa sin titubeos, sin que nadie se sienta herido o agredido de primera mano, y recordando esa gran máxima que dice ‘Obras son amores y no buenas razones’, algo que nos vendría muy bien aprender de la madre patria. Porque como diría el sabio escritor del Siglo de Oro español, Francisco de Quevedo: “Nadie ofrece tanto, como el que no va a cumplir”. Y al que le caiga el guante, que se lo chante. Sigue en Twitter @melbaes

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