Nosotros los colombianos

Abril 30, 2014 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

Confieso que una frustración que tengo en la vida es hablar con acento bogotano. Nací en Cali, donde viví hasta los siete años. Al poco tiempo de haber llegado a Bogotá, dejé de decir chuspa, bochinche, cholado y aleteo, para evitar las burlas de mis compañeros de colegio. Había perdido la costumbre de buscar zorro chuchas e iguanas en el recreo, remplacé el pandebono por la almojábana, aunque sigo prefiriendo el primero, y me acostumbré a que algunas personas mayores me dijeran “sumercé”. Más tarde, ya en la adolescencia, era en Cali donde se burlaban de mi acento y los amigos de mi prima me decían que bailaba y me vestía como rola, con una suerte de desdén o de desprecio, porque no nos digamos mentiras, ser llamado “rolo” o “cachaco” nunca ha sido propiamente un halago. Para la mayor parte del país, ser cachaco equivale a ser rígido, sin gracia, sin ritmo, sin mucho sentido del humor, demasiado formal y con la neurosis a flor de piel. Por su parte, recuerda Gabo en sus memorias haber leído un aviso que decía “no se aceptan perros ni costeños”. Era la Bogotá de los años 50. Por algo se habrá ganado su mala reputación. Lo cierto es que más allá de las antipatías entre regiones, Colombia ha sido un país de marcadas identidades regionales. El costeño, el santandereano, el valluno, el paisa, así como el cachaco o el llanero, tienen cada uno una identidad, un imaginario definido a los ojos de todos los colombianos. Sin embargo, en los últimos años ha comenzado a ocurrir un fenómeno del cual poco se habla: las migraciones internas. Paola Guevara hablaba en una columna de este diario sobre “la invasión cachaca” hace unos días, refiriéndose a la migración masiva de bogotanos a la capital del Valle. Pero quienes vivimos en Bogotá, hace años sentimos la invasión creciente de costeños, caleños, santandereanos, en fin, también de venezolanos, españoles, norteamericanos…, pero hablando a nivel nacional, es cierto que los cachacos pudientes ya no solo compran apartamento en Cartagena, también lo hacen en Barranquilla, Santa Marta, Medellín y Cali. Los capitalinos, no solo por motivos de descanso, en gran medida por trabajo, más y más se instalan en ciudades intermedias, a donde viajan buscando mejorar su calidad de vida y la de sus hijos, lejos de una Petrópolis que se muestra cada vez más inviable.Lo cierto es que los cachachos en Cali, en Medellín, Bucaramanga, Barranquilla, Santa Marta o Villavicencio, aquellas personas que llegan a ocupar cargos en multinacionales, a la gerencia de proyectos locales, a emprender nuevos negocios, a la academia o simplemente a la jubilación o al esparcimiento, sumados a los miles de personas que a diario llegan a instalarse en Bogotá desde las regiones, van formando el tejido de un país más diverso, más tolerante hacia la diferencia, más comprensivo del otro, y también más poderoso, más descentralizado, con una mejor gestión del conocimiento y más oportunidades. Tal vez, la tan nombrada descentralización, esa palabra larga y complicada que se oye a menudo en boca de funcionarios públicos, no va a llegar por cuenta del Estado, si no gracias a las migraciones de personas que llegan a aportar otras maneras de afrontar los retos y de asumir la vida, con el respeto hacia el otro y el interés suficiente para compartir: ya sea la receta del aborrajado, la forma de fondear un oleoducto o de mejorar un sistema de riego. Somos mejores sin tanto chovinismo regionalista. Somos mejores haciendo las cosas en beneficio de todos y no solo de los que comparten nuestro mismo acento.

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