Navidad

Diciembre 24, 2014 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

Todavía recuerdo las navidades en Cali, cuando eran en la casa del Peñón, en la de Santa Rita, o más atrás en el tiempo, en la de San Vicente. Nunca éramos menos de treinta, incluso cincuenta personas. Siempre había una tía preparada a recibir, a atendernos, a consentirnos hasta tarde. Sin duda era una noche feliz, en cualquier caso mucho más feliz que ahora, cuando sin el pensamiento mágico que carga estas fechas de leyendas, los adultos nos vemos envueltos en una extraña maratón de compras y preparativos desprovistos de cualquier encanto. Sin embargo, tener un bebé en la casa hace que todo cobre un poco más de sentido, verla exclamar de alegría cada vez que las luces del arbolito se prenden y se apagan desactiva el Grinch que ha vivido en mí desde que soy adulta, al menos momentáneamente.Este año, para mi propio asombro, mi casa se ha ido llenando de luces, muñecos de nieve, bolas de cristal con trineos dentro, coronas y alces. Sobra decir que hasta ahora, jamás había tenido el más mínimo detalle navideño en donde habito. Y tal vez es ahí donde encuentro algo simbólico de donde agarrarme a esta época. Es el hecho de hacer algo mínimo por el otro, de permitirle un espacio a la magia, a las historias donde siempre hay alguien capaz de hacer algo por el otro para transformar su vida, a la luminosidad literal y simbólica que subyace en la trama de las historias navideñas, pero también en las calles, en las plazas y en los hogares. La Navidad además de un tráfico ensordecedor y una histeria colectiva en los centros comerciales, es también abrirle ese espacio a la luminosidad, al asombro. Supongo que lo popular es odiar la Navidad. Y de alguna manera, entiendo bien a quienes lo hacen. Pero el otro lado del ruido y el caos que traen estas fechas, está en una celebración donde los más pequeños pueden cantar las mismas canciones que sus abuelos, quizá la única situación en la cual todos comparten las letras, la música, los instrumentos, en una celebración a la vida, al amor y a la entrega. En un mundo en el que todo está cambiando, cuando veo a mi hija jugando con mi teléfono, descargando aplicaciones y eliminando otras con apenas año y medio, siento un poco de vértigo al no alcanzar a imaginar cuál es el mundo en el que va a vivir.Incluso las cosas que parecían estar dadas de manera irrefutable, como la distancia que durante más de medio siglo separó a Cuba y Estados Unidos, ahora también se han transformado. El mundo donde yo nací y crecí era un mundo donde La Habana y Washington eran enemigos. El hecho de haber dejado de serlo, implica un cambio radical en la historia y sobre todo en el discurso, en la retórica de América Latina.Pero esa es otra columna. La de hoy viene a decir que en este mundo donde el Papa es argentino, el presidente de los Estados Unidos es negro, los antiguos contrincantes hablan de establecer relaciones diplomáticas y en el que un bebé de año y medio sabe poner el video que le gusta en el teléfono inteligente; el vértigo del cambio, la incertidumbre, pueden llegar a rayar con la angustia. Sí, en los ejemplos citados, en todos o casi todos, se trata de un mundo mejor. Pero aún así otro mundo.Qué alivio, digo yo, que hasta el año pasado era el Grinch, que llegó la Navidad. Qué delicia sentarse con maracas y panderetas a cantar la novena. Qué tranquilidad sentir que en medio de tantos cambios, algo sigue siendo igual.

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