Mil maneras de morir

Mil maneras de morir

Agosto 19, 2015 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

Hay un programa de televisión llamado Mil maneras de morir, donde la gente pierde la vida por las razones más ridículas. En programas así, como en aquellos de familias obesas, o de gente que busca adelgazar, o de acumuladores compulsivos, hablan de un mundo raro, pero cada vez más ordinario. Es un mundo donde el gordo que busca llevar una vida saludable asciende a la categoría de héroe o heroína. Son los personajes destacados del mundo desarrollado. Esos que ve un padre de familia frente al televisor mientras se baja media docena de cervezas. Son los espectáculos para las familias que desayunan en McDonalds un domingo, en los centros comerciales que se reproducen como cucarachas por nuestras principales ciudades para que los padres puedan llevar a sus hijos a comer comida chatarra a precios cada vez más bajos y en cantidades cada vez mayores.Estados Unidos invierte 300 mil millones de dólares al año en tratar la obesidad y las enfermedades que derivan de ella. En Colombia, el costo es de 20 billones anuales y va en ascenso. Morimos principalmente de enfermedades cardíacas y de cáncer. Su primera causa es la comida. Sin embargo, vivimos con miedo a morir asesinados o en un accidente de tránsito.Hace 10 años solo el 8 % de la población tenía moto. Hoy en día el 23 % de los hogares colombianos es dueño de al menos una. En principio, este es uno de los tantos privilegios que nos dejan las mieles del progreso. Esas personas ahora sedentarias no están comiendo menos. Quizá incluso están comiendo más. Valga aclarar, más comida chatarra, la misma que hace que se pueda estar desnutrido con 120 kilos de peso. Eso, junto a unos cuantos litros de gaseosa, suman una carretilla de dulce al mes que con el tiempo taponará las arterias. ¿Es posible pensar en una muerte más ridícula? Y, sin embargo, hasta ahora esta no ha salido en Mil maneras de morir.La “buena vida”, nos quieren hacer creer, es comer en cajitas de cartón que van a dar a la basura, una basura exhibida junto a la mesa donde se consumen los alimentos, a menudo, atiborrada y maloliente. En esta versión de “la buena vida” no hay una familia que se sienta a la mesa ni una receta de la abuela, un pastel o una sopa que se asocien al cariño, la herencia o el cuidado. Matarse comiendo porquerías es otra manera de despreciar la vida o malinterpretarla al pensar que ese mecanizar una de las actividades más bellas y significativas de la existencia humana es un indicador de progreso. Comer alimentos procesados pasa a ser también una tradición, como ocurre en el caso de familias norteamericanas, donde la obesidad completa ya tres generaciones. En el caso de Colombia, la comida procesada pasó de ser el 15 % en 1960 al 60 % de la canasta familiar en el 2000. El Gobierno tiene que tomarse en serio los impuestos para estos alimentos, la educación en hogares y escuelas, así como la nutrición que ofrece en sus programas a la infancia. Como hemos visto en días pasados, algunos niños colombianos no solamente consumen comida de la peor calidad, sino que esta viene a servirla el Icbf en los platos de los más desfavorecidos, como ocurrió en el Atlántico y la Guajira. Es triste y patético, por no decir que tiene algo de desangelado y siniestro, matarse comiendo mal. Y, sin embargo, es una costumbre creciente en nuestro país que, junto a la obesidad, celebra el crecimiento de una clase media con dudosos privilegios.

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