Mamitas y mujerzuelas

Junio 26, 2013 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

El editorial de la más reciente revista Arcadia dice una verdad que quise repetir en este espacio: “El odio a las mujeres es un tema difícil porque está recubierto del repugnante barniz del piropo. Si le quitamos esa cáscara de miamores y preciosuras y mamacitas lo que queda es el menosprecio”. Hay un código tácito en nuestra sociedad, según el cual el ‘verdadero varón’ debe reconocer a una hembra que ‘está buena’ y debe hacerlo de forma explícita, como quien pretende resaltar su hombría a partir de un gesto público. El mismo gesto público que los hace lanzar piropos en la calle cuando pasa una mujer ‘hermosa’, invita a los narcotraficantes, políticos, entre otros personajes cercanos al poder, a rodearse de ‘mamacitas’, mujeres ‘divinas’ o ‘buenísimas’ que entre ‘más buenas’ más parecen reafirmar la masculinidad del macho que las posee. Lo mismo tener un Ferrari o un Lamborghini. Lo mismo un traje de Armani o una corbata Hermés, o una mujer que, como estas marcas, tiene un valor social, en este caso por su belleza.Es así como para escalar la empinadísima pirámide social colombiana, la belleza femenina se destaca desde hace años como una de las más rápidas y confiables de llegar a lo alto. Mucho se puede prohibir los reinados de belleza en los colegios como quiso el gobernador de Antioquia, que a fin de cuentas la realidad acaba silenciando tantos gestos bien intencionados: basta con ver revistas como Tv y Novelas, la de mayor circulación en Colombia, para entender que aquí ser una mujer joven y bella es suficiente para ‘salir adelante’: léase casarse con un hombre rico y/o poderoso, volverse modelo y/o actriz o presentadora, entre otras formas de hacer del cuerpo un vehículo para ‘progresar’.Y ese cuerpo de la mujer colombiana se ha vuelto también un producto de consumo altamente ponderado por el mercado nacional e internacional, en especial en ciudades como Medellín, Cali y Cartagena, donde las mujeres de pechos y traseros inflados hablan con voz de niñas pequeñas, usan colores rosa y asumen una actitud infantil en una perversa combinación de sexualidad exacerbada y pretendida inocencia, una realidad que tristemente nos ha hecho una meca del turismo sexual. A esto hay que sumarle que las mujeres desde niñas somos llamadas ‘mami’, ‘mamita’ y más adelante en la adolescencia y la juventud, alguien podrá llamarnos ‘mamacita’ anteponiendo la función reproductiva del género femenino a cualquier otra, o mejor, limitándola a esta única.En una sociedad mentecata como la nuestra, con el Procurador que tenemos, con concejales como Jorge Durán Silva, con la ausencia de educación sexual y la combinación a menudo letal y frecuente entre sexo y violencia, resulta deprimente ver a diario las señales de una violencia de género tan arraigada como imperceptible para las mayorías.En Colombia las mujeres tenemos que acostumbrarnos a ser tratadas como si no hubiéramos alcanzado la mayoría de edad (niña, mi reina, mi amorcito) a que den por sentada la maternidad como si fuese una obligación y no una opción (mami, mamita, mamacita) y a que las mujeres que aman a otras mujeres sean llamadas ‘mujerzuelas’ sin que haya consecuencias frente a este tipo de afrentas. Luego muchos se escandalizan por la tasa del embarazo adolescente, por la proliferación de las prepago o la afición por el bisturí en nuestro país, ignorando que hay una relación de causa y efecto que nace del menosprecio y empieza en un piropo.

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