Los escritores muertos

Los escritores muertos

Noviembre 07, 2017 - 11:55 p.m. Por: Melba Escobar

Una autora me contó que al visitar un colegio, un muchacho le dijo: “Yo creía que todos los escritores estaban muertos”. Normal. Los maestros, por indicaciones de ministerios y ordenanzas, hablan a los más púberes de Tomás Carrasquilla, José Eustasio Rivera, o Eduardo Caballero Calderón. Autores relevantes, sin duda, pero todos hombres, todos muertos.

Hace un par de semanas, me invitaron a una biblioteca pública cerca de Cali. Chicos con sus afros pintados de amarillo, otros rapados, se sentaron a mirarme con aburrimiento. Entonces les pregunté qué era la literatura. Silencio. Les hablé de Calle 13, les dije que para mí Residente es un genio de las letras. Algunos empezaron a mostrarse interesados. Poco a poco se fueron animando a hablar. Un chico se entusiasmó, dijo que le gustaban las novelas de vampiros. Buscamos en los anaqueles entre los escritores muertos y uno que otro vivo, pero no había nada de eso. Pregunté si no tendrían algo de Carolina Andújar, caleña, escritora de ese género, viva y mujer. Pero no. Otro chico dijo que le gustaba el comic, se quejó de que la biblioteca no tenía ninguno. Confirmé que era cierto.

De pronto vi la soledad de estos jóvenes. Observé la partícula de polvo que recubría las colecciones de clásicos. Incluso, fijé mi atención en una telaraña que se había instalado entre los grandes autores y la nada. Y digo la nada, porque a esa biblioteca no va nadie. Van sí, los chicos cuando los lleva un profesor a tirones, como habían ido a oírme a mí. Difícil culparlos, me dije. Pues no han descubierto la riqueza que se oculta detrás de la telaraña. No saben, no han tenido oportunidad de descubrirlo, que el futuro es un lugar hecho de palabras. ¿Pero y si no tenemos un lenguaje para nombrarlo? ¿Palabras para imaginar un mundo diferente? ¿Si no hay un espejo deformado, agrandado, o roto donde vernos reflejados?

Fue en la literatura donde pude verme por primera vez. Fue a través de ella (en femenino) que pude descubrirme. A ella se lo debo todo. Lo que sé sobre mí y sobre el mundo, no es más que literatura y, sin embargo, me siento más que satisfecha, me siento agradecida. En los libros que tuve a mi alcance, encontré a alguien como yo. Ahí estaba el eco de mi angustia, así como algo parecido a una respuesta a mis preguntas más existenciales. Pude hacer un recorrido que me permitió ir encontrando el camino. Me perdí muchas veces. Me aburrí, me molesté, me cuestioné y poco a poco fui encontrando a mis ‘parientes’, esas entre quienes llegué finalmente a casa luego de un largo viaje.

En esa casa donde habitan mis ideas, mis certezas y perplejidades, estoy rodeada de mujeres. Mujeres en quienes encontré una afinidad vital. Joan Didion, Pearl S. Buck, Toni Morrison, Zadie Smith, Hebe Uhart, Samanta Shweblin, son algunas de ellas. Y si bien hay unos hombres gigantes, a quienes admiro y respeto y me han guiado en la ruta, también es cierto que en ellos no me vi reflejada, ni llegué a descubrirme como sí ocurrió con las voces femeninas. Es por eso que la literatura debe ser plural. Entre más regiones, razas, nacionalidades, épocas, géneros, estilos, temas, más posibilidades de encontrar a nuestros parientes. Pero sobre todo, entre más mujeres con voces capaces de nombrar el miedo, el deseo, la necesidad y la esperanza, más podremos llegar a convertirnos en un coro amplio, expandido, cada vez más sonoro, cada vez más luminoso y potente.

Sigue en Twitter @melbaes

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