Los embustes

Los embustes

Julio 20, 2016 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

Hace muchísimos años mi papá tuvo una secretaria muy simpática y dicharachera que para todo tenía una expresión distinta. Recuerdo cuando sacaba un bolsito de tela y lo acomodaba junto al espejito que nunca le faltaba: “Los embustes”, me susurraba cómplice mostrándome el paquete de cosméticos. Debía tener unos doce o trece años en ese época. Y aunque ella no me parecía especialmente bonita, sí me parecía graciosa, risueña y feliz. Como por entonces me preocupaba mi exagerada delgadez, como carecía completamente de curvas, o incluso de la ilusión de que alguna vez tendría alguna en algún lado, era una chica observadora de la feminidad con mucha atención, curiosidad y quizá algo de angustia y enajenamiento. Me pregunté entonces en qué fecha y a qué edad, debería llevar también mi propia bolsa de embustes.Por esos días en la familia pensaron que era una buena idea mandarnos a mi prima Julia y a mí a la fiesta del Club Colombia. Ella era todo lo contrario a mí, una muchacha alta, voluptuosa, risueña y conversadora. Es así como la prima Julia y “la pasmadita”, acabamos en la fiesta. Los embustes hicieron su aparición en el salón con tanto ruido que aunque las niñas tuvieran doce o catorce, estaban tan maquilladas, peinadas y arregladas como reinas de belleza. Yo llevaba una batica blanca que también parecía propia de una niña de nueve, con zapatos planos, en contraste a los tacones que hacían tambalearse a las improvisadas señoronas infantiles con fingida actitud de mujeres.Nos sentamos solas con mi prima en una mesa donde poco a poco fueron llegando chicos engominados, de corbatín, con voces aparentemente gruesas, gestos estudiados y, en un par de casos, zapatos de plataforma. Todos querían bailar con Julia, hablar con ella, saber de qué colegio era, cuántos años tenía, si tenía novio, si estaría libre el siguiente sábado. Yo me aburrí y ese día conocí una ansiedad que tendría muchísimas veces a lo largo de los años siguientes: Mi aspecto tenía el súper poder de hacerme invisible a la vista de los hombres.Las leyes del cortejo, y de los géneros, ya entonces eran bastante claras. Primero, las hembra tienen que agradar. Segundo, deben competir por la atención de los machos entre las otras hembras. Tercero, hay que encantar, agradar, divertir, asentir, distraer, obedecer, asentir. A Julia tampoco le gustó la fiesta. Éramos más felices jugando solas a la lleva, a la patasola, o recogiendo moras silvestres y jugando a los indios pielroja en la casa de La Cumbre. Sin embargo, recuerdo esa época como una en la que nos alejamos. El género había llegado para imponerse con sus reglas arbitrarias, su negación de la personalidad, sus imposturas.Fue el pasado domingo, al leer la horrible historia del norteamericano Jay Herry Davis, mejor conocido como “Jake”, el gringo que vivía como un gran señor en el Poblado de Medellín mientras se dedicaba a ofrecer paquetes de turismo sexual a extranjeros con niñas mejores de edad y mujeres, cuando por un momento me acordé de ese día en el que haber recibido una sonrisa, una invitación, así fuese grosera, o un halago de un macho, me habrían resultado como el más grande de los trofeos. ¿Qué pasa si ese macho es además gringo, vive en el Poblado y tiene un jacuzzi dentro de la casa? Cuando lo atraparon, estaba en compañía de una niña de trece años. La red explotaba a muchachas de barrios populares, seguramente con el deseo de salir adelante, presas no de los embustes, sino de un embustero.Sigue en Twitter @melbaes

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