Las invisibles

Las invisibles

Marzo 21, 2012 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

La Real Academia de la Lengua publicó hace poco un artículo donde se denuncian los atropellos lingüísticos a los que conduce el esfuerzo por “luchar contra la discriminación de género”. Entre los casos más infortunados se destaca el de la Constitución de Venezuela, donde es posible ser “Presidente o Presidenta de la República, Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva, Presidente o Presidenta de la Asamblea Nacional”, etc., en una lectura que todas y todos acabaremos abandonando por confusión y aletargamiento.Para no ir más lejos, la alcaldía de Jorge Iván Ospina le dejó a Cali un documento para la “aplicación de la perspectiva de género”. En él se plantea que “debe quedar claramente planteada la transversalidad de la equidad de género, tanto en el lenguaje empleado como en los contenidos”. Más allá de discutir el fondo y la forma de esta máxima, hay que resaltar que se presta a equívocos para los caleños y las caleñas.Lo cierto es que el idioma en sí mismo no es sexista, no tiene esa ‘mala intención’ desde sus orígenes, no busca deliberadamente ‘discriminar a las mujeres’. Esa lectura es la que se hace en un momento histórico determinado y al que no le hacen falta ciertos tintes paranoides. Solo el paranoico pide que se le confirme que no está siendo perseguido.Del mismo modo, pedir la inclusión es un rasgo de quien se considera excluido. No es mi caso. Al escuchar la frase “todos somos iguales” jamás se me ocurriría pensar “¿Y yo? ¿Dónde estoy yo en esta frase?”. Habría que ser un poco lento de entendimiento para esperar una aclaración del tipo: “Todos y todas somos iguales”, o bien un tanto egocéntrico. Casi que al hacer la aclaración, ya hemos dejado de ser iguales. Si no, ¿por qué reafirmar una inclusión que ya está implícita en el uso neutro del género? Cuando se dice todos es todos y es todas. Quien quiera entender otra cosa, quizá tenga un complejo de inferioridad y necesite que le recuerden a menudo su propia existencia.Por mi parte, mi propia existencia me queda bastante clara, así como la de las mujeres y los hombres que me rodean. Considero que no necesito ningún tipo de ‘trato preferencial’, pues justamente, en una perspectiva de derechos, soy igual a los hombres. Entonces no veo por qué la necesidad de incluirme en algo que comprende al género humano, pues se sobreentiende que ya hago parte, como todas las mujeres, de esa categoría.Además, detesto que haya quienes hablen de lo que somos, sentimos y necesitamos las mujeres sin sentirme reflejada en lo más mínimo con esa imagen. ¿Cuando hablan de ‘inclusión’ quieren decir que estoy excluida? ¿Cuando se refieren a ‘visibilización’ me están llamando invisible? ¿Cuando hablan de ‘desigualdad’ quieren decir que no tengo los mismos derechos que los hombres?Además de reforzar un esquema patriarcal de la sociedad y promover un uso inadecuado del lenguaje, estas ‘reivindicaciones’ son de una frivolidad penosa. No va a ser la policía del idioma la que mejore la condición de las mujeres, tampoco las muletillas disfrazadas de corrección burocrática, ni los discursos políticos. Más vale que nos asumamos como iguales, sin replicar odios heredados, o batallas inútiles como pelear por existir en una frase donde siempre estuvimos presentes. Estas pequeñas perversiones lingüísticas, sólo sirven para desviarnos de los temas realmente importantes y para acostumbrarnos a soluciones cosméticas o, en otras palabras, hipócritas.

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