Las estrellas son negras

Enero 06, 2016 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

Lo conocí en 2009, cuando andaba de bastón. Un par de años después pasaría a la silla de ruedas antes de dejarnos para siempre el pasado noviembre con 91 años de edad. Arnoldo Palacios nació en Cértegui, Chocó, y contra todos los pronósticos, se hizo escritor viniendo de un pueblo donde no había libros y abundaban el hambre y la miseria. Cuando tenía dos años contrajo una poliomelitis que le hizo arrastrarse un buen tiempo hasta que tuvo sus primeras muletas.Su abuela fue una esclava. Y aunque de eso no se hablaba, la marca del hierro con fuego en su espalda contaba la historia de la diáspora, de la desgarradura que habría de arrojar a los suyos a orillas de un río en un país donde en 1924 nacería un niño que, a pesar de sus dificultades para caminar, recorrería el mundo.Bogotá, Varsovia, Roma, Moscú, hicieron parte de su itinerario hasta que el amor lo ancló en París, donde habría de vivir por medio siglo con una condesa francesa con quien tuvo cuatro hijos. Ya en el ocaso de la vida, Palacios parecía sentir una fuerza que lo traía de vuelta a su país de origen. Quería mirar Cértegui otra vez. Y en vísperas de uno de varios viajes que hizo en los últimos años al pueblo que lo vio nacer, lo conocí en el despacho de quien fuera por entonces Ministra de Cultura. Era Paula Moreno. Estábamos en proceso de editar la Biblioteca de Literatura Afrocolombiana, 22 tomos que reúnen ensayos de Manuel Zapata Olivella, la obra poética de maestros como Jorge Artel y Candelario Obeso, colecciones de cuentos de Óscar Collazos, del autor de Providencia radicado en Canadá Lenito Robinson-Bent, entre otros.En esa colección está Las estrellas son negras, la novela que décadas atrás teclea Arnoldo Palacios en una máquina de escribir prestada del Ministerio de Educación Nacional. Tarda más de un año escribiéndola, para acabar el 8 de abril de 1948. Para desgracia suya, al día siguiente tiene lugar el Bogotazo y la novela, como tantas cosas, se convierte en cenizas. Animado por sus amigos y haciendo uso de su memoria privilegiada, Palacios la reescribe en dos semanas. La novela es muy bien recibida por la crítica y al escritor chocoano le conceden una beca en la Sorbona de París.Las estrellas son negras es una novela soberbia. No lo digo yo. Lo dicen académicos de diversas nacionalidades, lectores, escritores. Duele en su realismo parco, honesto, desprovisto de sentimentalismos. La humedad, el río, la pesadez del hambre, ya no como abstracción sino como una carencia que delimita un entorno, lo define, le da los contornos a los pensamientos, las sensaciones y las ideas de Irra, el protagonista de la obra, quien habla desde el interior de su propia desdicha, la hacen a la vez íntima, única y universal. Mediante la interiorización del hambre y la humillación, vemos los estragos mentales de la miseria en el discurrir de veinticuatro horas. La atmósfera es tan potente que casi puede olerse a través del papel. Las estrellas son negras es una novela de una relevancia hasta ahora en gran medida ignorada.El Chocó de esas páginas parece ser el mismo que encuentra un viajero hoy, casi setenta años después, en un retrato tan descarnado como vigente. Como dijo Candelario Obeso en uno de sus poemas: “Las piedras más bonitas/ en el carbón, a veces/ se hallan escondidas”. Palacios es la estrella tutelar de un cielo para casi todos desconocido. Como él, otros autores de provincia tienen un relato de país cuya riqueza está aun por descubrir.

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