La Santa de Santos

Mayo 15, 2013 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

No voy a hablar sobre las razones que llevaron a la canonización de la Madre Laura. Ya lo hecho, hecho está. El Vaticano tendrá sus motivos para haber considerado que la evangelización de indígenas en un país que se dice laico en su Constitución es un acto noble. No discutamos entonces sobre el derecho a la libertad de credo que tenemos todos según nuestra cultura, raza, género y creencias, ni tampoco la veracidad de los testimonios que el centro de estudios científicos que es la Santa Sede evaluó en detalle para concluir que la Madre Laura en efecto cumplió con el requisito burocrático de efectuar un número -escaso, pero superior a uno- de milagros para ser considerada Santa. No puedo decir que no me alegra que tengamos una Santa colombiana. Me complace ver tanta gente contenta y hasta agradezco que en el supermercado me regalaran una estampita de la religiosa. La euforia colectiva, las procesiones a Jericó, los velones, medallas, oraciones, estampitas, son una constatación de nuestro patriotismo siempre entusiasta, lo mismo si juega la Selección Colombia, o si aparece Sofía Vergara en una serie gringa, todo sea un motivo para sentirnos orgullosos de ser colombianos, para sacar pecho y volver a creer que somos mejor de lo que creíamos y, sobre todo, que “afuera tendrán una mejor imagen de nosotros”.Pues bien, como no voy a hablar de nada de eso y tendré que hablar de alguna cosa, será entonces del renovado entusiasmo de nuestro Presidente, cuyos cambios de personalidad a veces rayan en la esquizofrenia. Un día se hace fotografiar en calzoncillos en una casita de las que regala su gobierno. Otro, olvidando que a pesar de sus deseos esto no es Inglaterra, quiere invitar a Tony Blair a asesorarnos en el tema de las regalías. Y al siguiente, se viste para la ocasión -una de las cosas en las que más se destaca- y se baja de su avión en Roma para asistir junto a amigos como el procurador Ordóñez a la ceremonia de canonización de la Madre Laura.Los medios se vuelcan en perfiles, reportajes en radio, televisión y prensa, mientras una nutrida comitiva acompaña al Mandatario a la canonización de la antioqueña de indiscutible grandeza. Todo eso parece muy bien. Habla el Papa argentino en castellano, en ceremonia compartida para santificar a los 800 mártires italianos, a la mexicana Guadalupe y a nuestra ya idolatrada Laura.Sobra decir, el único Presidente que hace de esto un acto político es, por supuesto, Santos. No solo viaja con una importante comitiva, también invita a sus amigos y a los medios, en una nueva estrategia de comunicaciones donde esta vez cuenta con renovados aliados: la Santa Laura y el Papa Francisco. “El Papa quiere la paz en Colombia” dice el Presidente. Cosa preocupante sería que deseara lo contrario. Pero para Santos se ha vuelto costumbre decir obviedades, tanto como capitalizar ave marías ajenos. Ahora resulta que “el Papa y la Santa Laura están apoyando la negociación con las Farc”, casi como si se tratara de un guiño político a su gobierno.Tengo la desagradable sensación de que Santos se apropia de todo lo bueno que sucede, o al menos de todo aquello que goza de popularidad. Ahora resulta que también la Santa Laura es Santista y el Papa, también. Sólo nos falta oírle decir al Presidente que la victoria de Rigoberto Urán en la etapa 10 del Giro de Italia, también fue una obra suya, o bien, un homenaje a su eminentísima persona.

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