La promesa de la paz

Agosto 31, 2016 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

Los últimos días han sido muy acontecidos en el país: las medallas ganadas en los Juegos Olímpicos, la captura de Arias, la pérdida de investidura de Pretelt, y de lejos lo más importante, ‘histórico’, como suelen decir casi para todo los periodistas, pero que en este caso por fin sí amerita el adjetivo, la firma del acuerdo de paz en La Habana alcanzada con las Farc después de cuatro años de negociaciones con el Gobierno.Para comenzar, el acuerdo llega a Colombia tras 52 años de guerra, la primera posibilidad de un verdadero cambio, de convertirnos en un Estado de derecho, con oportunidades para todos, donde la violencia no sea la salida de quienes han vivido en condiciones de aislamiento y pobreza.Sin duda, más allá de haberse encarnizado con los pobres, con los campesinos, con los grupos indígenas y afrodescendientes, la guerra ha sido un negocio donde sus cabecillas se han enriquecido en nombre de una razón social que hace décadas dejó de ser veraz. A pesar de que pueda no ser el acuerdo de los sueños, es el único que ha habido y que habrá en el mediano plazo: una victoria donde no sólo logramos derrotar la guerra, si no que lo conseguimos a punta de diálogo, no a punta de bala.La vía guerrerista fracasó, tanto como lo hicieron los distintos intentos de negociaciones, el más reciente el de Andrés Pastrana. Sorprende que un mandatario que luchó por alcanzar la paz, se convierta hoy en uno de los principales opositores al proceso. ¿De dónde destila ahora tanto veneno y por qué tiene un atrio desde el cual pregona sus verdades a diestra y siniestra?Si Pastrana ha tenido actitud del mal perdedor y Uribe y sus alfiles se han mostrado rabiosos y escépticos, tampoco el presidente Santos ha brillado por su simpatía o por sus aptitudes políticas. Mientras Vargas Lleras aparece muy sonriente y dicharachero en la televisión, montando en bicicleta, hablando de su esposa, confesando cuánto le costó dejar de fumar y aparentemente lanzando una candidatura sin que nadie se dé cuenta mientras se esfuerza por una simpatía que no le sale, Santos es recordado en municipios como el Bagre, Antioquia, donde escribo esta columna, por haber amenazado al pueblo colombiano, como me dijo un lugareño, con que “si no se firma la paz, las Farc tomarán represalias y se recrudecerá la guerra”. Esta perla que vino a reafirmar que la comunicación no es su fuerte, está viva en la memoria de quienes lo tienen por un personaje traicionero, manipulador y abusivo. Pero más allá de lo que opinemos unos u otros, de que el fuego de la fiebre electoral ya se esté calentando con candidaturas como la de Vargas Lleras, la de Gustavo Petro lanzada en Kennedy hace unos días, entre acusaciones y delirios persecutorios, más allá de los odios y apatías que suele despertar Santos más que amores, una verdad irrefutable es que hace tres días se decretó el cese al fuego en un país que no había tenido una tregua semejante en más de medio siglo. Ojalá podamos hacer a un lado la furia de hinchas por un político u otro, por el Sí o por el No, por las elecciones de 2018. Ojalá dejemos de especular sobre el futuro que nos espera a los colombianos tras el acuerdo y nos demos como regalo el beneficio de la duda, la oportunidad de creer o de dudar, pero sin torpedear, el presente que nos ha sido concedido, una promesa que no podemos rechazar sin antes permitirle la posibilidad de que se cumpla.Sigue en Twitter @melbaes

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