La guerra en nosotros

Septiembre 30, 2015 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

Para todos los nacidos después de los años cincuenta, Colombia ha sido un país en guerra. En el caso de unos es un pariente secuestrado, para una madre es la pérdida de su hijo en combate, para otros es el odio, la sed de venganza, la injusticia, la miseria, la rabia, la anestesia de no llorar más a nuestros muertos, la certeza de que aquí la vida no vale nada, la eterna división en bandos, la desalmada desigualdad social, las riñas callejeras, el hurto, el fleteo, el asesinato. Parece que todo va cayendo en esa misma denominación de aquello que en ocasiones ha sido tan concreto, “la guerra”, con su número de bajas, sus soldados, sus atentados, sus víctimas y masacres, pero que a veces parece tan etéreo y gaseoso, cuando sentimos que detrás de un gesto de agresión está la guerra, que detrás del poder de un partido político está la guerra, que esa discoteca con su música y su decorado hace parte de una guerra, que el miedo que sentimos al recibir una llamada extraña pidiendo información, responde a una guerra.Y esa es la guerra que va a ser más difícil de terminar. Es una guerra que se ha instalado en nuestras cabezas. La guerra está en esas cifras que tenemos de desplazados, muertos, desaparecidos, guerrilleros, soldados, pueblos arrasados, pero también en el Congreso de la República, en las casas de pique, en las campañas electorales, en nuestros propios miedos irracionales, en nuestras pequeñas violencias cotidianas de cada día. ¿Hay una guerra concreta que se mide en números y otra guerra que nos habita? ¿Somos todos los colombianos, en alguna medida, víctimas de haber vivido en un país en guerra? ¿Y si es ese el caso, a quién vamos a culpar?El rechazo a la paz viene en gran parte del miedo a lo incierto. La guerra en cambio es algo cierto, tan cierta como la mermelada, la compra de votos en época electoral, la parapolítica, los atentados a torres petroleras, los falsos positivos. ¿Queda alguien vivo que pueda contarnos cómo era antes? Quienes pueden hablar de ese antes ya son personas mayores que de todas maneras han vivido casi siempre un país en conflicto. Yo solo sé que de niña cuando me preguntaron quien era el presidente de Colombia dije Pablo Escobar. Así eran las cosas de confusas en esos tiempos. ¿Que el 23 de marzo todo va a corregirse? No, ese día empieza algo desconocido, muy difícil, impredecible, deseado y diría que temido a la vez.La guerra tiene que ser desarmada, primero por los hombres que literalmente la encarnan y luego, poco a poco, tendremos que irnos desarmando cada uno, bajándonos de esta lucha contra el otro a quien culpamos, encontrándonos en un duelo común, colectivo, pues en buena medida, la guerra la hemos sufrido todos. Algún día sabremos cuáles fueron exactamente sus efectos. Ahora es imposible. Es como pedirle a una madre que describa las sensaciones del parto mientras está dando a luz. Luego, cuando el dolor haya mermado, sabremos explicarnos sus alcances.Pero para eso, para observar a la guerra en los otros y en nosotros mismos, para delimitarla, comprenderla y poco a poco irla desalojando, hay que empezar por acordar la paz. Los males que vendrán, y los que seguirán existiendo, ya no podrán ser, como han sido hasta ahora, justificados por el conflicto. Sin él, Colombia tendrá por delante una agenda monumental de temas por atender. La guerra habrá dejado de ser tanto el hecho certero, como la excusa recurrente para descuidar las necesidades de sus habitantes.

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