La ciudad de la furia

Agosto 17, 2016 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

Leo en la prensa que hay un bache presupuestal significativo para el 2017 por la baja en la minería y el petróleo. Junto a ese texto viene otro sobre un padre que mató a sus dos hijos con cianuro y se quitó la vida en el barrio La Campiña de Suba, en Bogotá. Recuerdo entonces las cifras de feminicidios, asesinatos y muertes al interior del hogar en Colombia. Recuerdo también que así como han disminuido los homicidios, han incrementado los suicidios, especialmente entre los hombres.Voy llegando a la casa donde tengo un espacio para trabajar y donde hace unos meses amordazaron a la casera y su hija, mientras les robaban hasta la ropa y los artículos de aseo; se llevaron también los equipos de las oficinas que hay en la casa, rompieron todas las puertas, ensuciaron, reburujaron y arrojaron al suelo todo cuanto encontraron por delante, incluida una fotografía de mi hija Matilde.Paso por enfrente del Juan Valdez donde el viernes estuve con mi mamá, mis hermanas y mi hija para tomar un café antes de llevarla a una fiesta infantil. Llevaba en mi bolso el regalo para la niña del cumpleaños, unos zapatos que habíamos comprado para mi hija, la billetera con documentos y efectivo, el teléfono celular. Fueron dos segundos mientras ponía la bandeja sobre la mesa. No vimos cómo se lo robaron. La Policía más tarde explicó que eran seis hombres, que andan en carros, que son una banda y que no han podido atraparlos.Ahí, en el mismo sitio, le robaron la bicicleta al esposo de una amiga, su hija, de la misma edad de la mía, sigue hablando de los ladrones, como ahora hace la mía, sorprendida y confusa, con todo el que se encuentra. Al constatar el robo, la niña se echó a llorar. Los demás esperamos la llegada de la Policía, que a diario viene a escuchar, recomendar, pedir las cámaras de seguridad, sin mayores resultados. Al día siguiente, con la idea de relajarnos, tomamos la avenida 80 para salir hacia Guaduas. Sin embargo, dos horas más tarde, el tráfico no se había movido nada. “Estamos atrapados sin salida”, dijo mi esposo. Y esa frase me quedó sonando.Ahora cuando pienso en el hombre que se quitó la vida en Suba, en la señora que trabaja en mi casa y a quien le rompieron una costilla en Transmilenio hace unos días, a quien le han rasgado tres bolsos, sin mencionar los pisotones, morados en las piernas, brazos y pies, aparte de los hurtos, los insultos; cuando pienso en una ciudad como esta que hace tanto tiempo perdió la escala humana; cuando pienso que la capital es una Colombia en escala; cuando entiendo que con tres años mi niña ya está prevenida, temerosa y dolida; cuando recuerdo que sin duda vivimos en una sociedad desigual pero lo mismo pagamos las consecuencias de la desigualdad y la violencia los de clase media, alta o baja, entonces me pregunto si hay una salida distinta a buscar oportunidades afuera, a vivir en otra parte, a escapar de una versión del infierno cuyas promesas parecen a menudo ilusorias, ingenuas y desconectadas de un día a día donde la furia colectiva, como la peste, se contagia, se expande y contamina a los ciudadanos de todos los estratos y edades, en una siniestra alegoría donde la igualdad se impone, por una sola vez, para que todos por igual vivamos la agresividad, todos por igual padezcamos la ausencia de instituciones, por igual suframos el desencanto y la fatiga, y por igual nos sintamos atrapados, sin salida.Sigue en Twitter @melbaes

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