Jirafas

Jirafas

Abril 03, 2013 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

El libro Gabo periodista, editado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano con el patrocinio de la Fundación Ardila Lülle, reune algunos de sus mejores trabajos de no ficción. La selección de los textos hecha por Héctor Abad Faciolince, Jon Lee Anderson, José Salgar, Juan Villoro, entre muchos más, da cuenta del largo y dedicado oficio como narrador de la vida diaria del Nobel colombiano. Hasta donde Gabo se hizo escritor a fuerza de teclear más de 400 artículos para El Universal de Cartagena entre 1948 y 1949, cuando con tan solo 22 años se mudó a Barranquilla, para pasar a escribir con regularidad en El Heraldo donde llegaría a publicar casi 450 artículos entre 1950 y 1952, es algo que se evidencia en esta publicación. Hacia el final de su época en Cartagena, adoptó el seudónimo ‘Septimus’, en homenaje al personaje de Mrs. Dalloway de Virginia Woolf, ese que era “a su vez el hombre más feliz del mundo y el más miserable”. Su columna pasa a llamarse ‘La Jirafa’ en homenaje a Mercedes, así como a la ‘greguería’ de Gómez de la Serna que explica: “La jirafa es un caballo alargado por la curiosidad”. Y como un hombre, a veces el más feliz del mundo, a veces el más deprimido, con la lucidez de quien no está con ningún bando y no tiene partido, con la curiosidad de la jirafa, Gabo entra a habitar un espacio entre las páginas de El Heraldo, desde donde la realidad se lee a través de sus costuras, donde las verdades están encriptadas en historias simples y luminosas, donde la fiereza de una imagen tiene más poder que toda la retórica. Entre 1954 y 1955 Gabo se irá a trabajar a El Espectador, y en medio de un país en guerra habrá aprendido a decir las máximas verdades con tal belleza, con tal sabiduría, que sus palabras no hieran, no puedan ser censuradas o atacadas con un golpe directo, pues ya él ha aprendido a usar la literatura como antídoto para decir la verdad de la forma más transparente y vaporosa. Es así como Gabo afirma que “mi primera y única vocación es el periodismo. Nunca empecé siendo periodista por casualidad –como muchas gentes— o por necesidad, o por el azar, empecé siendo periodista, porque lo que quería era ser periodista”. Y al final, Gabo es y ha sido siempre un periodista. No solo en las obras donde es más evidente como ‘Noticia de un Secuestro’ o ‘Relato de un Naufrago’, sino en ‘Cien Años de Soledad’, ‘La Hojarasca’ o ‘El Otoño del Patriarca’. La época de la violencia está ahí retratada en un mundo que el escritor cataqueño logra fundar con palabras, donde la cotidianidad de un pueblo fantasma, sus ritos familiares, su vida pública, sus olvidos y memorias, todo parece fundirse en una sola verdad irrefutable. El origen de una de las obras más sólidas y auténticas del siglo XX, puede rastrearse desde esos primeros escritos costeños. Entonces Gabriel García Márquez ya sabía lo que tantos deberíamos aprender de él hoy: que la prensa no es solo para dar malas noticias, que las columnas no tienen como único objeto defender una postura única a capa y espada a través de juicios verticales, que el sentido del humor es en sí mismo un principio de resistencia y que el periodismo debe seguir siendo ese lugar donde la literatura se encuentra con la vida, sin la necesidad de tener siempre la razón, con la posibilidad de equivocarse y, sobre todo, con la agudeza para ver la realidad en toda su complejidad, con sus matices, sus disparates, sus verdades a medias y sus invenciones luminosas.

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