Hooligans

Mayo 29, 2013 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

Si bien en distintas oportunidades he hecho una crítica severa a la egolatría de Santos, a la laxitud de su gobierno, así como al desfase de algunas de sus políticas y programas, en lo que respecta al acuerdo con las Farc sobre el tema de desarrollo rural me declaro sorprendida con las reacciones que leo en los foros de opinión y en los comentarios furibundos de los lectores de distintos medios. No es ninguna noticia que Uribe esté hecho un energúmeno, aun cuando también él habló de lograr la paz, sin conseguirlo. En el diario ‘El País’ de España, la polarización es noticia. Mientras la opinión internacional celebra este primer acuerdo, así tenga más de intencionalidad que de hecho concreto, en Colombia hay quienes afirman que “se está premiando a los terroristas”, se está “replanteando totalmente el modelo de desarrollo económico”, y “estamos peor que Venezuela”, entre muchas otras aseveraciones que no tienen un piso real.Los hechos son: se está avanzando en una negociación en La Habana. El primer punto, el del agro, es uno de los más importantes, más aún por estar en el mismo origen de esta guerra que comenzó hace casi 50 años y que en sus inicios tuvo como bandera buscar una mejor distribución de la tierra.Hace 40 años no se hace una actualización catastral en el campo donde tenemos los índices más altos de pobreza, los peores servicios, la educación más mediocre. Sin contar que cultivamos apenas una quinta parte de las extensiones que se prestan para la agricultura. Cuando en mayo de 1964 fueron fundadas las Farc con el propósito de conquistar el poder por las armas, detrás de su discurso estaba la meta de generar un movimiento en contra de la desigualdad, la injusticia social y la falta de oportunidades. Luego se corrompieron y hasta la misma comunidad internacional los ha catalogado como terroristas.Sin embargo, las causas que los llevaron a buscar una revolución, hoy prevalecen. Medio siglo más tarde el país es uno de los de peor distribución del ingreso en la región que es la más inequitativa del mundo. En ese orden de ideas, preguntaba yo en una columna de este diario hace unos meses, ¿podemos decir que la guerra es la causa o la consecuencia? A estas alturas del partido me parece imposible responder esa pregunta. Lo que creo es que nos hemos acostumbrado a culparla de todos nuestros fracasos como nación, como Estado de Derecho.En cualquier caso, la única manera de acabar con la guerra es erradicando las causas que la originaron. O al menos habría que intentarlo, pues la salida armada asegura que la violencia siga por muchos años más.Quienes botan babaza por la boca: ¿Tienen una propuesta mejor que la de sangre y fuego? Que hablen entonces, y propongan fórmulas que no sean las mismas de siempre.Más allá del tema político, ¿es tan mala realmente la idea de formalizar los predios, otorgar créditos de apoyo al agro y mejorar las condiciones de vida de quienes habitan en el campo? ¿Por qué este planteamiento genera tanto odio y acusaciones apocalípticas? Que “el país se le regaló a la guerrilla”, que “ya solo habrá impunidad”, que “los violentos van a hacer lo que les da la gana”.El sentido común debería estar por encima de cualquier ideología. Y es ese sentido común el que nos debería llevar a comportarnos como observadores ecuánimes y no como Hooligans dispuestos a saltarle a la yugular al equipo contrario, sin fijarnos siquiera en cómo está jugando.

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