Historias mínimas

Historias mínimas

Abril 24, 2018 - 11:55 p.m. Por: Melba Escobar

Amalia Montoya es una secretaria bogotana de 43 años con un rictus amargo y la manía de babear los dulces de colores que mantiene en una cajita de cristal para ofrecérselos a quienes vienen a acosarla en sus labores. Ese vicio, como el de aferrarse al bolso con fruición y no quitarse nunca el bléiser, la convierten en un personaje tan rígido como verosímil, una de tantas, cientos, miles o millones de bogotanas desconfiadas.

Su severidad con la norma raya en el absurdo al punto que uno no sabe si reírse o llorar. Un poco del mismo modo en que ocurre cuando uno tiene que hacer un trámite con la Dian, el Ministerio de Relaciones Exteriores, Codensa, o cualquier institución colombiana donde el sin sentido de las gestiones a menudo adquiere un tinte kafkiano. La película, dirigida por Andrés Burgos y protagonizada por Marcela Benjumea (Amalia) y Enrique Carrizo (Lázaro) comienza con unas tomas del centro de la ciudad: películas piratas, smog, recicladores, pitos, charcos y esta mujer invisible entre tanta empleada enfundada en su traje gris.

En plena zona industrial, Amalia llega a lo que parece una bodega, entra a la empresa ‘Vallejo’ y con su cuerpo de palo sube hasta la oficina de la gerencia, donde desde hace ya unas décadas trabaja como secretaria del jefe máximo. Pero algo ocurre. Algo que rompe la invariable repetición de los días y las horas en la vida de Amalia: el computador no prende. Hay que llamar un técnico. Hay que sentarse y esperar. Lázaro irrumpe en la oficina con su cajita de herramientas para reparar el daño, pero sobre todo con su risa fácil, sus anécdotas familiares, su capacidad de abrirse y compartir. Es entonces cuando el contraste entre los dos personajes, la presencia de él en la cotidianidad de ella, abre una zanja hacia el asombro por donde a Amalia le renace la ilusión.

¿Sabe bailar? Le pregunta Lázaro. Antes han hablado de los hijos, de achaques propios de la edad, de la hija de ella en Estados Unidos, de los hijos de él que no le hablan y del jefe de ella que se ha vuelto huraño. Es ahí, en esa cotidianidad compartida, donde aparece la cercanía. Amalia empieza a hacer pequeños daños en la oficina, así Lázaro tiene que volver a ella para repararlos. Y eso es todo. La vida de dos personajes que parecería tan anodina, tan simple. La música popular de fondo, una cadencia propia que nos hace mover los pies involuntariamente mientras contemplamos la casa de Amalia, siempre decorada de Navidad, sus esfuerzos por aprender a bailar, su anhelo por ir a visitar a su hija en los Estados Unidos. Y no mucho más. Parecería una tontería pero es una historia bella, quizá por eso. Porque es mínima, porque es sencilla, porque es tierna, porque hace reír, porque nos lleva a entender la soledad de esa mujer que es como una isla, esa mujer a quien en una de las escenas finales Fabio Rubiano (Roberto de la Cuesta) le dice: “Uno puede escapar, lo que no puede es huir”. Y es bello pensar que el cine también puede ser eso, dejar esa sensación cálida en el cuerpo y unos recuerdos risueños.

No es una comedia con chistes vulgares para reírse a carcajadas, tampoco es una historia del país, de la violencia, del bien y del mal. Amalia, la secretaria es una historia de una mujer y su lucha con sus propios miedos, deseos y necesidades. Una mujer cualquiera que se nos parece a tantas que hemos conocido pero que quizá nunca habíamos mirado tan de cerca.

Sigue en Twitter @melbaes

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