Grandes perdedores

Octubre 28, 2015 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

Mucho se ha comentado sobre la derrota del Centro Democrático en las pasadas elecciones. El uribismo apenas si alcanzó a ganar una gobernación en Casanare y una que otra alcaldía. Por su parte, en Bogotá, la izquierda fue desbancada después de 12 años. Vuelve Peñalosa con la promesa de “recuperar la autoestima de los bogotanos”. El mensaje enviado a Petro y sus aliados es claro: no más discursos tendientes a polarizar a una ciudad ya de por sí polarizada; no más revanchismo, no más corrupción teñida con la más retrógrada retórica de lucha de clases. Y en la misma línea podríamos entender la saturación que produce el Centro Democrático: la crítica constante, el afán guerrerista, la permanente paranoia que invita a la ciudadanía a sentirse perseguida, insegura en todas las formas posibles. El credo de la desconfianza ha ido perdiendo adeptos, en parte porque la paz los ha venido ganando. Lo cierto es que los extremos se rozan y se entremezclan como un amasijo de palabras repetitivas y acusatorias, fantasmas pasados, presentes y futuros, dentro de una nebulosa que poco o ningún espacio le deja a la autocrítica o a las propuestas, pues toda la energía de una izquierda anacrónica (por no decir prehistórica) y de una derecha guerrerista (¿Esto no es una redundancia?) han acabado por agotar las fuerzas de la ciudadanía, que ahora busca consuelo en políticos cuyos discursos estén más salpicados de programas, estrategias y obras concretas, y en partidos dispuestos a concertar, gestionar y hacer cosas en forma diferente, que no estén atravesadas por una arenga megalómana y destructora que crece y se expande en torno a un único caudillo.El discurso de Clara López, en su alocución del domingo, repite lo que siempre hace el Polo: culpabilizar a otros de sus propios errores y desaciertos. Dice una mujer desfigurada por la rabia: “Hago un llamado a los medios de comunicación para que dejen votar a la gente. Ustedes pueden tener sus candidatos, pero el monopolio sobre las encuestas afectó grave y negativamente la democracia en Bogotá”.¿De verdad es tan mala perdedora como para culpar a “los medios” de no ser la nueva inquilina del Palacio Liévano? Bueno, Petro suele decir que su baja popularidad se debe a una “manipulación de las encuestas” que se realizan “solamente en los estratos más altos” sin importar las pruebas que las firmas especializadas hayan dado probando lo contrario.La otra acusación de la señora López fue decir que “nunca ha habido una campaña tan cochina contra una mujer en ninguna parte del mundo”. Sobra analizar los excesos inverosímiles de dicha afirmación. Pero, ¿y la corrupción de Moreno? ¿El carrusel de la contratación en la administración de Petro? ¿La sanción a su marido? ¿No habrán hecho pensar a los ciudadanos si realmente el Polo es confiable? La respuesta es siempre idéntica: hay un “monopolio” (un “complot”, diría Chávez), una “discriminación”, “una maquinación de los medios” o de “la oligarquía”, así como para el Centro Democrático hay una “conspiración” por parte de un gobierno “embustero” que le “regaló el país a los terroristas”.Si ninguna de esas colectividades hace el ejercicio de entender por qué los votantes prefieren a otros candidatos, difícilmente podrán salir de donde están y, mucho menos, llegar a la Casa de Nariño. Por suerte para el país, la culpa, la victimización y el miedo, no están motivando al electorado.

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