Gobernar con el deseo

Junio 27, 2012 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

Ver el descenso de la pobreza extrema, la mejora en la economía nacional o la disminución del desempleo y creer que por eso el país cambió, es como empatar un partido después de perderlos todos y autoproclamarnos campeones. Ese fenómeno que para todos es tan familiar en el fútbol, quizá hace parte de una tradición, una cultura. Cabe preguntarse entonces, si este optimismo que se respira en buena parte de los sectores, no tendrá un impacto sobre las leyes. Escribirlas bajo el efecto del entusiasmo puede ser un ejercicio de inspiración interesante. Y, sin embargo, puede resultar no solo inútil, sino también destructivo. En su momento, los contradictores de la Constitución de 1991 consideraban que esta parecía escrita para ángeles. Quizá ahora, a fuerza de nuevas normas que hablan de una realidad distinta, esperamos que esta cambie. Pero tristemente, no hay ningún caso documentado en la historia sobre un acto de magia semejante. Por más que queramos que sea de otra manera, las leyes no operan como sortilegios. Lamentablemente, el mensaje parece no habernos calado. La Ley de Víctimas y Restitución de Tierras firmada hace un año y en vigencia hace casi seis meses, ya cojea. Abundan las falencias en su aplicación, pues a pesar de que reconoce la continuidad del conflicto armado, no parece tener la clave para hacerse efectiva en este contexto deja muchos cabos sueltos. En el papel, la bien intencionada Ley es acertada y da muestras de comprender el problema. En la práctica parece inviable. Entre sus buenas intenciones está la de garantizar la seguridad a quienes retornan a sus tierras. ¿Van a garantizar protección durante cuánto tiempo? La pregunta es válida sabiendo que llevamos décadas de conflicto. Por otro lado, el Congreso aprobó la Ley del Retorno el pasado mes de mayo a favor del regreso de quienes viven fuera de Colombia. Fue aprobada para que puedan entrar sin aranceles el menaje y las herramientas de trabajo de los que vuelven, así como el ingreso de capital libre de impuestos. Pero más allá de su pertinencia, que busca minimizar el daño colateral que la crisis económica ha dejado miles de compatriotas que viven en otras latitudes, ¿estamos preparados para recibir a quienes llegan y ofrecerles mejores condiciones de vida? Quisiera pensar que sí, que todo ha sido muy bien calculado, que la aplicación de cada una de las leyes ha sido minuciosamente planeada en sus detalles técnicos, administrativos y de impacto. Y eso que no he mencionado la reforma a la Justicia. El problema quizá es que la efervescencia de cambio, el entusiasmo colectivo y la idealización de una “prosperidad para todos” pueden conducir a una proliferación de leyes, planes y proyectos tan bien intencionadas como irreales, en la búsqueda de un modelo de país que quizá algún día seamos pero que claramente no somos. La brecha entre el papel y la realidad sólo genera mayores desencantos, más desconfianza en el Estado, más pesadumbre y soledad de quienes una y otra vez han sido víctimas de falsas promesas. Empezar por diseñar leyes cuya aplicación resulte viable, que no sean producto de la ilusión de prosperidad y se planteen metas alcanzables, sería un buen comienzo. En el fútbol podemos seguir fantaseando cuanto queramos sin hacerle daño a nadie, no ocurre lo mismo cuando se empieza a gobernar con el deseo. Los afectados son muchos y los daños pueden ser irreparables.

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