Gente como uno

Marzo 16, 2016 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

Tengo una hija que está en edad de entrar al colegio. Después de un año dándole vueltas no consigo estar convencida de ninguno. En todos hay la opción de un segundo, hasta un tercer idioma. Fabulosas actividades extracurriculares. Profesores nativos de inglés, francés, alemán, hasta mandarín. Directivos entrenados en Harvard. Intercambios a Europa, a Canadá y Estados Unidos. Programas con Naciones Unidas, métodos probados como los mejores del mundo para el aprendizaje musical. Bosques de pinos en medio de la ciudad. Canchas de fútbol que parecen profesionales. No falta el que tiene una plazoleta de comidas, menú vegano, tableros digitales. En realidad, pienso, todos son estupendos colegios. En realidad, en cualquiera va a estar mejor que bien. ¿Entonces, por qué no puedo elegir? Sospecho que el asunto de fondo es la conciencia de que el 82% de los niños en Colombia van a instituciones públicas, y a nivel rural esta cifra aumenta al 97%. Lo triste es que la educación pública, con algunas excepciones, es tremendamente mediocre. Hago parte de un 17% que puede mandar a sus hijos a colegios privados, y dentro de ese porcentaje conformo el 2% quizá el 3%, que se puede dar el lujo de elegir entre los mejores colegios del país. Los mejores son a menudo los más caros. Lo cual me lleva a recordar que mi hija, al igual que yo, nació privilegiada, tendrá las oportunidades que no tendrán alrededor de diez millones de niños en el país, niños que difícilmente podrán acceder a las mismas universidades, los mismos trabajos, las mismas oportunidades que tendrá mi hija. Y lo que me molesta de todo esto es entender que al meterla en cualquiera de estos colegios la estoy matriculando no solo en un colegio, si no en esta suerte de sistema de castas del que no sé cómo escapar. Escoger un colegio acaba siendo una especie de ritual iniciático a partir del cual cada uno empieza a construir su propia comunidad de amistades. Gente que vive en el mismo puñado de barrios, afiliados a los mismos clubes, asistiendo al mismo puñado de restaurantes, centros comerciales, balnearios, y más tarde, bares y discotecas. Gente que escucha la misma música, ve las mismas series de televisión, lee los mismos autores, tiene un sistema de creencias similar entretejido en una estructura de privilegios que lo sustentan. No habrá entre sus compañeros de colegio el hijo de un albañil, un zapatero, un sastre o una peluquera. Todos vivirán en 3 o 4 de las 20 localidades que conforman Bogotá. Y así crecerán, irán a la universidad, se enamorarán, trabajarán, se reproducirán entre ellos mismos como si hubiera una suerte de muralla invisible que los separa del resto.Confieso que en momentos así me gustaría vivir en algún país del primer mundo y saber que el colegio público de la esquina es siempre la única y la mejor de las opciones. Saber que todos los niños comienzan su vida desde el mismo punto de partida, sin atajos para unos y carreras de obstáculos para otros. Pero no. Supongo que debo sentirme agradecida de poder mandar a mi hija a un colegio extraordinario. Y sin duda así es. Pero esta ansiedad que siento al recordar lo lejos que están la inmensa mayoría de algo medianamente similar, me recuerda lo lejos que estamos de ser una sociedad igualitaria, justa, que le garantice sus derechos a todos los ciudadanos, sin importar en qué barrio viven o cuánto dinero tienen sus padres en la cuenta bancaria. @melbaes

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