Faranduleros y serviles

Septiembre 02, 2015 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

Que Tom Cruise viajó con su entrenador personal, que traía un gimnasio portátil, que piloteó una avioneta privada hasta Solano (Caquetá), que en Medellín probó las arepas, las fresas con crema. Que le encantó el sabor de la guanábana, el tamarindo, el lulo, el carambolo. Que se tomó fotos con soldados en un batallón de infantería en Araracuara, que se tomó fotos con Jessica Cediel (de ahí que un medio titulara “Tom Cruise quiere con Jessica Cediel”), que en un centro comercial de Medellín se tomó fotos con los visitantes, quienes opinaron que “tan sencillo, tan amable, tan humano”. Que si es bisexual, que si la cienciología le ayuda a controlar sus tendencias homicidas, que si hace 30 años es pareja de John Travolta, que si su matrimonio con Katie Holmes fue un contrato arreglado por 15 millones de dólares, que si su inteligencia está muy por debajo del promedio (como su estatura), que si realmente usa zapatos con tacón. Cruise no se reunió con el presidente Santos porque ese 24 de agosto, aunque tenían una cita agendada, se cerró la frontera con Venezuela. Si no hubiese sido por eso, habríamos visto la foto de los dos pequeños gigantes dándose la mano y sonriendo, así como pasó con Aníbal Gaviria, alcalde de Medellín, quien cuando la BBC hizo un documental mostrando el sicariato infantil en la ciudad, los censuró públicamente, pero si es Tom Cruise quien viene a hacer una película sobre el piloto de Pablo Escobar, encuentra la forma de reunirse con él. Hoy en día tengo mucha más información sobre Tom Cruise que sobre cualquiera de los colombianos víctimas de Maduro en la frontera. Las redes sociales, los diarios, noticieros, la radio, no cesaron un minuto de cubrir cuanto hacía el actor, mientras que la información de la frontera viene espaciada y lánguida. Seguramente porque no hay una celebridad en la escena. Entre los trinos que estuve leyendo para escribir esta columna, me llamó la atención que tanta gente se ofuscara por la temática de la película. No entiendo. El narcotráfico es el fenómeno que nos identifica dentro del mapa global. ¿A alguien todavía lo sorprende? Ese servilismo de acomplejados, de poca cosa, de hambrientos de fama, poder y dinero que nos lleva a enorgullecernos porque un famoso haya probado el merengón (dudo que sea cierto) es el mismo servilismo de un pueblo tonto y mezquino que se arrodilla ante el poderoso, que se deja comprar por dinero, que se deja amedrentar por un matón de pueblo. La verdad, difícil que fuese más coherente la ecuación: seguimos siendo ese mismo país que un día Pablo Escobar logró secuestrar. El mismo país donde la fuerza pública se doblegó y el poder político se vio amedrentado por un solo hombre anárquico, asesino y sin escrúpulos. La verdad es que es una historia extraordinaria y se va a seguir contando cada vez en más idiomas y en más naciones. Pablo Escobar fue un poderoso, un millonario y eso parece ser algo que todavía, casi cuarenta años después, nos llena la boca de halagos, nos doblega la voluntad y nos obnubila el pensamiento como el pueblo acomplejado que solemos ser, ese pueblo que olvida las injusticias de las que son víctima sus compatriotas, tan pronto ve aterrizar un avión privado con una celebridad a bordo y gana el deseo de tener ese poder, esa fama, esa riqueza, venga de donde venga. Y si no se puede, que al menos valide algo nuestro, así sea, (¡qué cliché!) el merengón, las fresas con crema, o la arepita paisa.

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