Familias

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Noviembre 11, 2015 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

Los seres humanos podemos ser compasivos o egoístas, pacíficos o violentos, retrógrados o progresistas, y muchos de esos comportamientos y creencias, suelen ser aprendidos. Heredamos de nuestros padres frustraciones y prejuicios. Uno de estos prejuicios consiste en pensar que hay algo anormal en la homosexualidad. Todo cambio ha contado siempre con una facción de opositores. Sin embargo, al final, el cambio termina por imponerse. Hubo quienes en su momento se negaron a aceptar el divorcio a sangre y fuego. La misma iglesia católica, tan llena de amor y caridad, no ha tenido problema en pasar del mensaje de la comprensión al del odio, como ocurrió en 1853 cuando Colombia fue el primer país de América Latina en legalizar el divorcio y el tema llegó hasta nuestras guerras civiles. La intervención de los estamentos eclesiásticos y su poder en un contexto donde religión y Estado hacían un solo mandamiento social, deshicieron esta posibilidad de salir del infierno de una mala relación pocos años después. Solo fue hasta 1975, cuando las cosas por fin variaron. Antes de eso se permitió durante tres décadas la separación de cuerpos. Por otro lado, la mujer conquistó el voto en Colombia en 1954 y lo ejerció por primera vez en 1957. Hasta esa fecha no teníamos el estatus de ciudadanas, pues no se nos consideraba lo suficientemente pensantes o autónomas. Hacerles la guerra a interpretaciones legales que de alguna manera vienen a formalizar cambios que están sucediendo, de manera orgánica y natural, es nadar contra la corriente. Así lo muestra la polémica en torno al uso de la marihuana en varias latitudes. Y en este caso específico, puede repercutir en el perjuicio de los primeros niños que poco a poco vayan apareciendo con dos mamás o dos papás. Sobra decir que el riguroso proceso de Bienestar Familiar para la adopción legal, suele dejar a muchos sin esa opción. Es bien sabido que es un largo camino de entrevistas, papeles, exámenes psicológicos, entre otros requisitos que, les aseguro, descalificaría a cientos de miles de padres biológicos, si tuvieran que pasar por ese filtro. De tal manera que esto no va a ser una entrega masiva de niños a parejas diversas. Sin duda, seguirá siendo una rareza y un caso aislado por muchísimos años. Pero estas personas, por más que a muchos le resulten inapropiadas para la crianza, tienen ahora un respaldo jurídico, además de la evidencia científica que derriba prejuicios.Suponer que la orientación sexual de un individuo determina su capacidad de ser padre o madre, es basarse en una particularidad que no es, por cierto, más que eso, una particularidad. Sería tan obtuso impedirlo con base en este aspecto, como hacerlo con aquellos que tienen el pie plano, son bizcos, les sudan las manos o no les gustan los perros. En Colombia, los niños en estado de abandono han sido entregados por parejas heterosexuales o madres solteras, mientras que el Estado acoge a los maltratados y los sometidos a abusos psicológicos. Darles la oportunidad de un hogar a los más vulnerables, debe ser posible. Al final del día, mientras estemos en capacidad de dar amor, tenemos no solo el derecho a hacerlo sino también la obligación de no negárselo a quienes más lo necesitan. Desde hace tiempo las familias son diversas en el país: monoparentales, con hermanastros, hijastros; a algunos los crían los abuelos, los hermanos mayores, los tíos. En ese contexto, la orientación sexual no determina nuestras cualidades como padres o seres humanos.

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