Esperanza no violenta

Mayo 16, 2012 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

Ayer pasaron cosas: entró en rigor el Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos, fue el ‘Día del Profesor’, se cumplió un año del surgimiento del movimiento ‘Indignados’, murió el escritor Carlos Fuentes y tres muertos y varios heridos dejó un atentado contra el exministro Fernando Londoño en Bogotá. Tristemente, no sorprende del todo que un personaje de la vida pública sea víctima de un atentado, que en medio del atentado perezcan personas humildes o que la aniquilación y la muerte se utilicen como armas políticas en Colombia. No habían pasado dos horas del atentado y ya unos y otros señalaban culpables, urdían estrategias macabras, especulaban sobre complots y proferían amenazas a diestra y siniestra. Hasta los medios más serios se prestan al juego de las “teorías de la conspiración” que tanto alimenta el odio entre bandos. No creo que deban jugar a especular, no creo que deban atizar el fuego sin saber cómo usarlo. Pero es lo que hay. Lo que llevamos del Siglo XXI, ha traído tantas desgracias, en tantas latitudes, que la paranoia, la miseria y la sensación de ‘fin del mundo’ parecen acrecentarse. Colombia está lejos de ser una excepción a la regla. La invasión a Iraq, el 11 de septiembre, la ‘Era Bush’, la crisis económica, los efectos del cambio climático, son sólo algunos ejemplos. Pero ante este escenario devastador, ante una Europa azotada por el desempleo y la desilusión, Stéphene Hessel, autor de ‘¡Indignaos!’, se convierte en motor de un movimiento que recuerda a Mandela y a Martin Luther King, al tiempo que recurre a la poesía: “Qué violenta es la esperanza”, decía Guillaume Apollinaire y cita Hessel. Creer en una ‘esperanza no violenta’, en un país que aprenda que la violencia no vale nunca, es lo que nos hace falta. A un año de fundado el movimiento indignado, no es claro qué viene después de las consignas. Pero las consignas unen, integran y generan una ola de esperanza que tuvimos aquí con la Ola Verde, aunque durara unos minutos y acabara siendo una gran desilusión. Sin embargo, ahí pudimos ver cuánto deseamos un cambio, cuanto queremos tener un país de todos y para todos, uno al que le duelan todos sus muertos, no sólo aquellos que se nos parecen. Hessel apela a lo más humano que hay en nosotros. A la compasión, al dolor de ver el sufrimiento ajeno, a la noción de lo justo que todos llevamos dentro. Los indignados, contrario a lo que se cree, son en su mayoría profesionales, muchos tienen empleo y una buena calidad de vida. En la mayoría de los casos, no luchan por sí mismos, luchan también por los oprimidos, por el deseo de habitar un mundo mejor. Tristemente, estos ideales nos parecen tan lejanos o absurdos, que es fácil caer en la ridiculización, llamarlos hippies, vagos o ilusos. Quizá los ilusos seamos quienes creemos que a este ritmo el mundo puede aguantar mucho más. Quizá ellos saben qué es lo verdaderamente importante. Y lo verdaderamente importante, como bien lo dice Hessel, es que necesitamos un mundo donde los Derechos Humanos se cumplan para todos, donde la violencia nunca sea una alternativa, donde a todos nos indigne la opresión y la injusticia. Hoy quiero celebrar el movimiento de los indignados. Porque lo más grave que puede pasarnos es dejar de creer que las cosas pueden ser de otra manera. Hoy quiero celebrar la fe en una esperanza no violenta, porque como decía el maestro Fuentes: “Debe haber algo más allá de la masacre y la barbarie, para sustentar la existencia del género humano y todos debemos participar en su busca”.

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