Entre camaradas

Entre camaradas

Noviembre 27, 2013 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

El diario El Comercio de Quito publicó hace un par de días una columna en la que se habla de los 300 millones de dólares embolatados que tienen Ecuador y algunos de sus exportadores, después de haber comerciado con Venezuela. Dineros que no se pagan, encargos que llegan y una vez allá no entran al país hermano porque “no hay con qué”. El texto concluye: “Con esos amigos, para qué enemigos”. Lo cierto es que en las calles de la capital ecuatoriana es fácil cruzarse con venezolanos que no son de la misma tendencia política de los que uno encuentra en Bogotá, Barranquilla o Bucaramanga, a donde han llegado miles de ciudadanos del otro lado de la frontera. Algunos están en el teleférico, vestidos de vino tinto, mientras que otros llevan el rojo revolución de los pies a la cabeza. Los más tienen la chaqueta tricolor con las estrellas, que hizo popular Hugo Chávez.Y no es la única nacionalidad que transita por Quito y que pertenece a algunos de los socios que integran el Alba, ese club que fundó el desaparecido padre de la Revolución Bolivariana. También están los cubanos, con su acento caribeño a 2.800 metros de altura sobre el nivel del mar. Unos vienen de intercambio, mientras que otros consiguen trabajo, se casan o estudian, sumando ahora cerca de 7.000. Por cuenta de ejemplos como ese es posible decir que muchos que vienen de países con ideas de izquierda encuentran en Ecuador más que un buen ceviche y un sentido hospitalario, una opción de vida. Y, sin embargo, en una ciudad donde es fácil escuchar canción de protesta al tomar un taxi, donde el Museo Guayasamín lo recibe a uno con una arenga social, también hay quienes no ven con buenos ojos las amistades que ha cultivado el gobierno de Rafael Correa.El haber constatado personalmente la impresión ambivalente de los quiteños sobre la conveniencia de ciertas alianzas, sirve para entender cómo han evolucionado también las impresiones con respecto a los colombianos. Hace apenas unos años, éramos considerados una carga para nuestro vecino del sur, por cuenta de los refugiados que en número superior a 100 mil exigían servicios de salud y educación, vivienda y trabajo. También la prensa les atribuyó a los colombianos una oleada de inseguridad que vino acompañada de secuestros y casos de sicariato. Para completar la lista, las fumigaciones de cultivos de coca y la presencia de las Farc en la frontera eran una tensión permanente que se convirtió en crisis cuando el entonces ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, bombardeó el campamento donde estaba ‘Raúl Reyes’.No deja de ser irónico que sea ese mismo Santos el que protagonizó una cordial cita con Correa el lunes pasado en Ipiales, la cual incluyó la inauguración de la ampliación del puente de Rumichaca, hecha por los ecuatorianos pero pagada a partes iguales por ambas capitales. Cada vez son más claras las evidencias de que estamos viviendo una especie de luna de miel entre los dos presidentes, así el abismo ideológico que los separa sea tan grande.Pero quizás eso sucede porque el uno no pretende convertir al otro y porque cada vez hay más cooperación, que incluye que Colombia deje de mirar a Ecuador por encima del hombro y hasta confiese cierta envidia cuando ve lo que este último ha logrado en infraestructura, educación o salud. Más que discursos, hay el acuerdo tácito de mostrar resultados que favorezcan a ambas partes, así no seamos camaradas.

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