Elogio de lo inútil

Enero 04, 2017 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

Volver a estar sentada en una mesa donde más de doce personas conversan mientras comparten pasteles y recuerdos sin que haya una agenda definida para la tarde ni para el día siguiente, sin que haya un propósito, ni la prisa de levantarse para estar en otro lugar, me resultó tan refrescante como revelador.A menudo, el espacio suficiente para fijarse en los rayos de luz que se proyectan sobre el mantel, surge cuando la vida puede tomarse su tiempo y la mente puede vagar dispersa sin que cada uno de sus pensamientos se traduzca en un resultado, en algo ‘útil’ o concluyente. En una de estas conversaciones de sobremesa de comienzos de año, una de las sobrinas de mi esposo contó que de niña, siendo una muy buena estudiante, la mandaron varias veces al psicólogo porque “era demasiado introvertida”, “no hablaba lo suficiente”, le faltaba “ser más sociable”. Su recuerdo me llevó a uno muy similar, con la diferencia de que nunca fui una buena estudiante, pero sí una persona introvertida para quien la preferencia por la soledad y el silencio era censurada como si fuese algo que debía corregirse. Leyendo el exquisito libro de Natalia Ginzburg Las tareas de casa y otros ensayos, encontré entre sus páginas un eco de esta reflexión: “Se forman grupos para defenderse de la oscuridad y del silencio, de la presencia agotadora y penosa de la soledad. Se forman grupos para viajar, para existir, para tocar y cantar, para crear obras”. En medio de esta soledad compartida por una masa cada vez más aglomerada y escandalosa, no parece haber lugar para un pensamiento propio, para oír la voz interior, en fin, no parece haber lugar para el espíritu. Entre ese temor y ese desconocimiento de la soledad, nos enfrascamos en prácticas colectivas para cualquier actividad, sin llegar a preguntarnos si no será más bien ese escapismo compulsivo de la soledad algo anormal que bien podría corregirse. En mi adolescencia aprendí a escuchar mi propia voz mientras daba largas caminatas, iba al cine, e incluso salía a comer helado, todo esto sola. Esta práctica me dejó la costumbre de la escritura y una ‘desviación’ incurable hacia la soledad, así como una marcada predilección por el mundo de lo inútil. Siento que ahora vivimos con una creciente tendencia a movernos en manada. Ya sea para caminar por el bosque, salir a ver pájaros en la montaña, tejer, dibujar, cocinar o exhibir los álbumes de familia, necesitamos de una pequeña multitud. Quizá ‘socializar’, o mejor, ‘hacer relaciones sociales’, algo que ahora todos hacemos como si fuésemos empresas de relaciones públicas enfocadas en ganancias y resultados, pasó al terreno de lo ‘útil’, mientras que mirar al cielo, leer una novela de hace doscientos años o caminar sin un destino son actividades irremediablemente catalogadas como ‘inútiles’, aunque entre ellas bien pueda estar oculto el secreto del sosiego que tanto echamos en falta. Para este 2017 les deseo muchos momentos inútiles, vacíos de todo propósito, ventaja o beneficio. Momentos donde los pensamientos sean suyos, solo suyos y de nadie más, y donde por una vez no necesiten compartirlos con otros. Que abunden los pensamientos privados y las imágenes propias, que las atesoremos sin regarlas sobre las redes sociales o sobre las conversaciones de WhatsApp. Que al final de este año tengamos recuerdos que no hemos compartido con nadie más, imágenes hermosas, quizá también inútiles, pero, al fin y al cabo, nuestras.Sigue en Twitter @melbaes

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