El país de los muertos vivientes

Noviembre 12, 2014 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

México, Día de los Muertos. El 1 de noviembre hay una gran fiesta en el cementerio, donde los que siguen vivos llevan a los que siguen muertos comida, música y conversación, todo pasado por mezcal en medio de una noche alumbrada con velones en forma de calavera. Detrás de lo que me resultó una fiesta extraña viniendo de un país que en la muerte solo ve una interminable ausencia, entendí que hacen esto porque para ellos los antepasados mueren pero nunca terminan de irse, al menos no mientras se les siga celebrando el haber vivido, el haber compartido un terruño, un lugar que es mucho más que unas coordenadas geográficas, es una historia, una lógica, una cierta manera de entender el mundo y de habitarlo desde hace cientos, miles de años. Me abrumó tanta belleza. Quise honrar a todos mis muertos como solo un mexicano sabe hacerlo. Adorar el suelo en que se nace y nutrirse de unas tradiciones ancestrales que aún respiran. Pero así como pude ver esto, vi también las carpas en el zócalo donde dormían indígenas en protesta por las muertes o desapariciones según quién y cómo se presente (la ambigüedad es la carta mejor jugada por los políticos), de los 43 estudiantes de Ayotzinapa.La frase de Buñuel dicha en tiempos de Díaz Ordaz: “En México persiste un fascismo solo suavizado por la corrupción”, resulta dolorosamente vigente. El país es devorado por el narcotráfico, y como le ocurriera a Colombia, por sus vínculos con el poder.Lo cierto es que la barbarie de aquellos días parece haber revivido, o quizá nunca dejó de estar ahí, como los muertos vivientes del país azteca. México suma más de ochenta mil fallecidos en apenas seis años, una cifra capaz de desmoralizar al más optimista. Como colombianos, estas penas no nos resultan ajenas. Con México compartimos no solo la tristeza de vernos azotados por la violencia, también la debilidad estructural del Estado, las instituciones tambaleantes, la desigualdad feroz, la gangrena de la corrupción, el narcotráfico, la arbitrariedad de la Justicia, un poder capaz de destruir la verdad o recomponerla a su antojo, una fuerte tradición católica, unas formas amables que actúan como un subterfugio para ocultar lo que realmente se quiere decir o hacer, una dificultad para recibir la crítica y una celeridad en la reacción caliente, agresiva. Muy posiblemente nos parecemos también en lo bueno. En una fiereza para amar la vida y al prójimo, que nada más en las artes se traduce en obras como ‘Pedro Páramo’. No en vano García Márquez llamó a Rulfo su maestro.Lo cierto es que hoy día los mexicanos lloran muertos como lo hicieran sus ancestros. Lloran mientras van encontrando fosas repletas de cadáveres, mientras se sienten vulnerables ante un Estado tan corrupto que es capaz de convertir en oportunidad política incluso al acto más macabro.Sin embargo, más allá de la barbarie que con saña narran los medios a nivel global, México va a ganar la guerra, porque siempre han sido más los buenos que los malos. En medio de los ríos de sangre, más vale que la prensa (la de todas partes) no se suma como una jauría en el clamor tremendista que crece como una ola apocalíptica con resonancia en los medios de comunicación de todas partes. Más vale que el periodismo empiece a serenarse y en vez de entrar con un galón de gasolina al bosque, sepa narrar el incendio, o incluso, echarle agua al fuego y ayudar a apaciguar sus llamas.

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