El orden y la memoria

Julio 06, 2016 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

Hace dos semanas iba a viajar a El Bagre, Antioquia, a hacer un reportaje sobre la minería ilegal. Metí algunos estilógrafos, cuadernos, grabadora, algunos libros y algo de ropa en un morral. Iba a ir primero a desayunar con amigos, luego al aeropuerto para tomar el avión. Mi esposo y mi hija estaban en un paseo con las dos hijas mayores de él tomándose unos días de descanso en la zona cafetera. Era domingo. Justo antes de tomar la ciclovía pensé que el morral pesaba demasiado, que sería fácil perder el equilibrio y terminar en el suelo. Pero no hice caso a la intuición.Sé que fui al desayuno. Sé que até la bicicleta con un candado mientras desayunaba. Sé que de ahí salía al aeropuerto y sé que no llegué. Cinco días más tarde me desperté en el hospital. Me dolía la cabeza. Mi esposo estaba ahí, quien interrumpió las vacaciones tan pronto supo del accidente. Mi hija de tres años también. Me explicó que tuve una contusión cerebral, que había perdido la memoria y que poco a poco la iría recuperando. Me lo explicó numerosas veces en los días en que vomitaba insistentemente aunque no comiera. Lo olvidaba, así como olvidaba por qué estábamos ahí. Me enfurecía, quería irme a mi casa.Luego empezaron a llegar las visitas. Amigas, parientes, compañeros de trabajo. Todos venían con sonrisas, rosas y tarjetas. Me sentí querida, a pesar del dolor de cabeza. Pero muy rápidamente empecé a fijarme en cómo mi atención tenía o tiene otros mecanismos de trabajo. Aunque nunca he sido una persona demasiado organizada, ni meticulosa, el orden se convirtió en una fijación mental. En el hospital ordenaba los pliegues de la sábana, de la almohada, ponía cierto orden en la mesa de noche, y en la casa fue cuestión de llegar y empezar a sacar bolsas de basura para hacer una limpieza de los armarios. Todo me parecía mal puesto, mal organizado, como si nada ni nadie le hubiese puesto la menor atención a ordenar los zapatos, los sacos de lana, las matas o los pocillos en la cocina. De los seis días que llevo en casa, diría que en todos he pasado la mayor parte del tiempo ordenando. Clasifiqué las películas, los discos de música, y aun así cada vez que fijo mi atención en algo, vuelvo a observar su deterioro, su arbitrariedad. Aunque en el fondo, creo que archivar, clasificar y ordenar me calma, siento un profundo malestar hacia la falta de orden.Entre las muchas amigas que llamó en esos días, apareció una que es actriz y codirectora de teatro con su marido. Están en los Estados Unidos montando una obra sobre la memoria que se llama El Archivador. Quiso saber de mi enfermedad y le conté. Me dijo que era exactamente como el personaje: “La obsesión por darle un sentido a las cosas, que no sean aleatorias”, me dijo. La memoria es quizá la encargada de romper esa aleatoriedad, de darle un sentido a las cosas, una lógica, un orden. Pensé en esto mientras trapeaba el suelo de mi habitación, no sin algo de nostalgia por esa persona que fui y que quizá volveré a ser en algunas semanas, cuando mi cabeza vuelva a ser la misma y la clasificación y la limpieza dejen de ocupar mi tiempo. Aun con el trapo en la mano pensé en lo milagrosamente mágica que es la vida. Y también, en lo delicada que es, en lo fácil que resulta romper su equilibrio. Ahora dejo de escribir y vuelo a sacar el polvo. Tal vez así sea mientras la memoria regresa y reencuentra otras estrategias para encontrar explicaciones lógicas, ordenadas y prístinas con qué aclararse las ideas.Sigue en Twitter @melbaes

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