El fin del poder

Septiembre 04, 2013 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

Para Moisés Naím, considerado uno de los mayores pensadores del Siglo XXI, el poder está cambiando: de poderosos ejércitos a pequeños grupos de insurgentes, de las grandes corporaciones, a empresas jóvenes, de los palacios presidenciales a la plaza pública. A medida que la gente se hace más próspera y dinámica, se vuelve más difícil de controlar y más proclive a cuestionar la autoridad. Activistas, nuevos partidos políticos, empresas innovadoras, hackers, medios independientes, jóvenes congregados sin un líder específico, personajes carismáticos salidos de ninguna parte, están sacudiendo el orden tradicional. Estos son los micro poderes, actores pequeños, desconocidos, que han encontrado la manera de desafiar a los poderes tradicionales. El más reciente libro de Naím, El fin del poder, habla de ciudadanos cada vez más informados y exigentes, así como de una política ejercida por las masas. Es así como desde el Vaticano hasta el Pentágono pasando por las organizaciones filantrópicas, las multinacionales, entre otros actores tradicionales, están obligados a transformarse para sobrevivir.En términos generales, el balance es positivo: el fin del poder nos pinta una sociedad más horizontal, con mayores puertas de acceso a la participación y más barreras a los poderes absolutos. Pues bien, parece inevitable relacionar esta tesis con los acontecimientos nacionales recientes. Según el Ministerio de Defensa, la protesta social en Colombia ha tenido un incremento del 41% respecto al año anterior y en 2012 del 38% respecto al 2011. Es decir que más allá de los intereses políticos que movieron a algunos al vandalismo en el paro agrario y que buscaron empañar los legítimos reclamos de los de ruana, el país ha estado saliendo a marchar cada vez con más frecuencia. Vale la pena preguntarse si al igual que México, Chile, Argentina, Brasil, España, entre otros, Colombia se suma a la lista de países que buscan una transformación por medio de las manifestaciones cívicas. Más allá del último paro y sus razones, lo cierto es que la gente ya no traga entero. Tendremos que aprender a protestar en paz y el gobierno tendrá que aprender otro método que no sea el de negar la realidad y luego reprimirla. Si la gente no se siente representada por el Estado, ni por el uribismo, ni por la guerrilla, ni por los partidos tradicionales, tiene derecho a exigir una reforma al sector del agro, de la salud, de la educación, las pensiones o la Justicia. Y más allá, a exigir otra manera de hacer política, una donde los mandatarios escuchen los reclamos de la ciudadanía, planeen y actúen con liderazgo, en lugar de salir a apagar incendios literalmente hablando. Tal vez, la marcha cívica tenga algún futuro como canalizador de las frustraciones colectivas. Tal vez cada ciudadano está ganando un mayor poder del que tenía antes. Tal vez se hace tarde para que el gobierno comprenda que, como dice Naím, “hemos entrado en una etapa donde muchos jugadores tienen el poder de vetar, socavar o diluir las iniciativas de otros, pero donde no hay un solo jugador individual con el suficiente poder para imponer su propia agenda. En las próximas décadas, la ola de innovación que ha renovado las comunicaciones, la medicina, la física, va a transformar drásticamente la forma de gobernarnos”. Dicho en otras palabras: la política está cambiando y más vale que los líderes lo entiendan antes del día en que descubran que su poder ya no está ahí.@melbaes

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