El comienzo del fin

Septiembre 05, 2012 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

La paz ha irrumpido en todos los espacios de la manera más abrupta: que el país ya no es el mismo, que tenemos un Estado más fuerte, que hay estrategia por parte del Gobierno. Sin duda, es la noticia más importante en la última década y, sin duda, como muchos afirman, siendo la cuarta vez que llegamos a una mesa de negociación en 30 años, todo parece indicar que estamos en una mejor posición. Es cierto, a la guerrilla ya no hay quien le crea nada, ni aquí ni en ningún lado. En los últimos 10 años ha sufrido una derrota militar estratégica, en gran medida gracias a la política de Seguridad Democrática de Uribe, quien paradójicamente hoy parece el mayor oponente a la negociación. Es así como, con contadas excepciones, el país se muestra más optimista que en pasados intentos por negociar la paz y a esto hay que añadir la seguridad que transmitió el presidente Santos en su alocución de ayer, donde se mostró maduro, confiado y realista. Pero más allá de la fortuna de contar con un clima favorable al diálogo, se corre el peligro de caer en el triunfalismo, no sólo en creer que la paz se va a firmar sin mayores obstáculos, sino que esa realidad sería la solución definitiva a todos nuestros problemas. Sin querer restarle valor al enorme cambio que significaría para Colombia desarmar a las Farc, no podemos olvidar que al firmar la paz no se solucionan todas nuestras dificultades como nación de la noche a la mañana. Al día siguiente, luego de haber firmado la paz, seguirá habiendo un alto índice de desempleo, niños sin educación, campesinos sin tierra, enfermos sin servicio de salud, desplazados, delincuencia común, analfabetismo y hambre. Al día siguiente del día después de firmarse la paz, seguirá habiendo embarazo adolescente, maltrato a los menores, corrupción y clientelismo. Claro, es un comienzo. El más grande de todos los comienzos, el imprescindible, en fin, el único comienzo posible. Hace medio siglo la guerrilla comenzó una ‘revolución’ en el campo con la idea de generar un movimiento en contra de la desigualdad, la injusticia social y la falta de oportunidades. Luego se corrompieron y ya hoy la misma comunidad internacional los ha catalogado como terroristas. Sin embargo, las causas que llevaron a los alzados en armas a buscar una revolución, hoy prevalecen. Cincuenta años más tarde el país es el segundo más desigual de la región después de Haití, con un nivel de educación miserable para los más pobres, una cultura del ‘vivo vive del bobo’ bastante difundida por el narcotráfico y una ausencia del Estado en buena parte del territorio. ¿Podemos decir que la guerra es la causa o la consecuencia de estos problemas? A estas alturas del partido me parece imposible responder esa pregunta. Lo que creo es que nos hemos acostumbrado a culpar a la guerra de todos nuestros fracasos como nación, como Estado de Derecho. Si no hay educación es culpa de la guerra. Si no se desarrolla el campo, es culpa de la guerra. Si falta presencia del Estado, es culpa de la guerra. Es por eso que el día después de haber firmado la paz, nos vamos a despertar muy confundidos, pues veremos que muchos de los problemas de siempre siguen ahí, aunque las Farc se haya desarmado. Firmar la paz es el comienzo y no el final de un largo camino hacia una nación justa e igualitaria. Las grandes reformas sociales y políticas vendrán después, cuando nos despertemos en un país en ‘paz’, pero con todo por hacer.

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