El candidato

El candidato

Agosto 08, 2012 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

Tras dos años de ser elegido, Juan Manuel Santos ha demostrado una confianza desproporcionada en sí mismo, un repentismo incomprensible para lanzar anuncios sobre leyes, reformas y programas -semejante al de Gustavo Petro en la alcaldía de Bogotá- una incapacidad para reaccionar a tiempo, un despiste que roza con la indolencia y un elitismo antipático para la inmensa mayoría de los colombianos.En medio de la petición tanto del partido Conservador, como del Liberal y la “U” de hacer cambios en el gabinete, en medio de la calma chicha que se respira en el Cauca, la falta de claridad sobre la situación de Angelino Garzón, el centralismo de un gobierno con funcionarios altamente calificados, pero representativos en su inmensa mayoría de una élite bogotana, con una ley Anticorrupción que paraliza la ejecución estatal y una ley de Víctimas y Tierras ambiciosa pero que no parece haber resuelto como pasar del papel a la realidad; Santos ha probado ser ante todo un soñador. Pero no es cualquier soñador, es un soñador en grande, prueba de esto es su reciente afirmación frente al conflicto: “Ver a Colombia alcanzar la paz sería para mí un sueño hecho realidad”. Esta frase funciona muy bien en los reinados de belleza, el problema es cuando la dice el Presidente, de quien, más que esperar que sueñe con la paz, queremos que la haga posible. Como las reinas, el Presidente está lleno de buenos deseos para todos: los pobres, los desempleados, los afectados por la crisis de salud, por la pésima calidad de la educación, por la crisis en la justicia, en el campo, en el conflicto armado. Y, sin embargo, parece estar mucho más preocupado por lanzar sonoros anuncios que por ejecutar su plan de gobierno que a estas horas del partido se ha desdibujado. En seguimiento al errático Petro en Bogotá, Santos se une a la tendencia de mandatarios que se dedican a gobernar con megáfono, demasiado obnubilados con el eco de sus propias palabras como para preocuparse por su viabilidad o ejecución.Como el gran candidato que siempre ha sido, Santos sabe aprovechar la polarización con Uribe para jugar de víctima, hablar de conspiraciones y verse como la oveja frente al lobo. Lo cierto es que el país que gobierna es diferente, tiene otras complejidades, y al Presidente hay que medirlo por su gestión, sin estar continuamente fijándose en el espejo retrovisor ni permitiendo que la discusión se quede eternamente patinando en la dialéctica Uribe-Santos, como lo ha hecho estos dos últimos años. El fantasma de la reelección lleva al Presidente a comportarse como un candidato más que como un gobernante, algo que está perjudicando a un gobierno que pierde en liderazgo y credibilidad. Ojalá Santos empiece a mirar más hacia el país y menos hacia las encuestas. Eso y que se quite el sombrero y el poncho que usó para dar la vuelta a Colombia, cereza en el pastel de un gobernante que cambia de ropa de acuerdo a la ocasión y que genera dudas sobre cuál es su real identidad.“Mis enemigos son la extrema derecha y la extrema izquierda”, dice este jugador de póker sabiendo que muchos, por temor a ser juzgados de derechistas o izquierdistas, no se atreverán a juzgarle. Es una de sus sofisticadas formas de manipulación. A estas alturas del partido, da la impresión que al candidato le interesa mucho más ganar que hacer las mejores jugadas en beneficio del país.

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