El arma en el hombre

Abril 01, 2015 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

Ayer tuve que tomar un avión por primera vez después de la noticia del vuelo de Germanwings, donde un copiloto decidió matarse junto a las 149 personas que iban con él a bordo. Llevamos días escuchando cada minucia: que sufría de la visión, que estaba deprimido, que médicamente se le había dado una incapacidad para volar, en fin, cada minucia arrancada a la fuerza a una historia que rebusca explicaciones donde no las hay. El caso es que por primera vez, ayer al sentarme en ese avión me pregunté quién serían el piloto y quién el copiloto. ¿Eran personas felices?, ¿estarían bajo algún tipo de tratamiento?, en fin, la pregunta de fondo era: ¿A dónde los llevaría el libre albedrío? ¿A conducir el vuelo hasta su destino, o a explotarnos contra una montaña?Y recordé a un profesor de historia comparada que tuve en la universidad, Juan Carlos Flórez: “El mayor genocidio que se haya cometido en la historia de la humanidad, fue por cuenta de los más grandes avances tecnológicos y científicos”. Se refería a la Segunda Guerra Mundial. En ella vimos tanto de esto: hornos crematorios diseñados para la destrucción masiva sin dejar rastro. Y eso sin mencionar la bomba atómica, donde algunos de los más grandes cerebros científicos trabajaron para arrasar dos ciudades.La tecnología, el desarrollo, la ciencia, en la que tanto confiamos y en la que hemos descargado buena parte de nuestras esperanzas para transformar el mundo en un lugar mejor, son también herramientas para la destrucción masiva, el exterminio.‘Relatos salvajes’, la cinta argentina nominada a mejor película extranjera en los pasados Óscar, cuenta como en una profecía, una primera historia que nos recuerda lo sucedido en el avión de Germanwings. En las siguientes vemos cómo otras personas se matan o agreden en una lucha contra el sistema de multas, contra otro conductor agresivo, contra un comensal de un restaurante, en fin, esas batallas cotidianas que otras como ‘El día de la furia’ han retratado en una paradoja donde la rabia y la intolerancia en una sociedad, parecen aumentar de forma proporcional a sus desarrollos tecnológicos y científicos.¿Será que entre más desarrollados nos volvemos, más primitivos somos? Según las estadísticas nunca habíamos sido más civilizados, tenemos menos muertes violentas que en otros períodos de la historia. Y, sin embargo, por mucho tiempo fueron solo Estados Unidos, Rusia y Francia los que contaron con armas nucleares. Hoy son también China, Gran Bretaña, Pakistán, India, Israel, Corea del Norte y próximamente Irán. ¿Para qué esas armas si no van a usarlas? Quizá para lo mismo que hombres ricos y poderosos compran un diario de circulación nacional: tener un periódico es como llevar un revolver en el bolsillo.Pero para quienes no tienen dinero para eso, basta el revolver en el bolsillo. Y para quienes sí, 4.300 cabezas nucleares parece apenas una medida suficiente. Además de aquellos con suficiente imaginación y maldad, para los que un avión es una máquina asesina.En El arma en el hombre, esa novela excepcional de Horacio Castellanos Moya, nos van mostrando como Robocop, un hombre que empieza en el ejército y de ahí va pasando de un grupo a otro, se va transformando en un ser primitivo, una máquina de destrucción que no piensa ni siente. Cuando aterrizamos, sentí alivio. También me pareció ver, como en una epifanía, lo cerca que estamos todos de desaparecer. Basta con que alguien, en un momento dado, oprima el botón indicado.

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