El 23 de marzo

El 23 de marzo

Enero 20, 2016 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

Para mí es un recuerdo reciente. Ese día hubo una explosión de euforia. Parecía como si fuéramos gringos el día en que ganó Obama. Fue el pasado 23 de septiembre y el motivo para creer que la paz es posible, fue el acuerdo de justicia firmado entre el gobierno y las Farc. Claro, eso reforzado por el apretón de manos entre Santos y ‘Timochenko’, fue una bomba de esperanza para unos, de resentimiento para otros. Desde entonces algunos reanudaron sus votos de fe en el gobierno, otros empezamos a creer más en él y en el acuerdo, y quienes siempre han estado en contra temieron que la paz pudiera estar cerca. Por primera vez me imaginaba un país en paz. Pero el tiempo ha ido corriendo y todo vuelve poco a poco a su lugar de siempre. Estamos a dos meses de la fecha que se pactó para la firma del acuerdo. Para ‘Iván Márquez’, es una “ingenuidad ligera” pensar que ese plazo se cumpla. Lo cierto es que como en un brusco despertar, vemos hoy que aún no se ha definido la dejación de armas; no se sabe cómo y dónde van a operar las zonas de concentración, quién va a hacer la verificación del cese al fuego, cuáles van a ser los mecanismos de refrendación, qué va a pasar con el ELN --con quienes no se ha podido siquiera iniciar un diálogo--, quién va a proteger la vida de los exguerrilleros en libertad, cómo va a ser la relación de los nuevos ciudadanos con la Fuerza Pública… demasiadas preguntas para estar a 63 días de la hora cero. ¿Cambiar la fecha? El gobierno hasta ahora no lo ve factible. Temen que al modificar el plazo el proceso se dilate indefinidamente. Y como si fuera poco, esto ocurre en un año en que la economía se ha desacelerado, el fenómeno de El Niño afecta la cotidianidad de los colombianos, y la venta de Isagén, rechazada casi por unanimidad por la opinión pública, se hizo al único postor, el cual además ha tenido cuestionamientos en su contra. Esto último fue un movimiento sorprendentemente torpe por parte de un gobierno que sale muy lastimado de una maniobra donde no tuvo ningún respaldo de la ciudadanía. ¿Era imprescindible darse esa pela en vísperas del plebiscito por la paz? La mayoría de analistas coinciden en que no. Piensan que el calculo político le falló a Santos y que la gente le va a cobrar en las urnas el haber actuado contra su voluntad. En cuanto a los partidos, la venta de Isagén sirvió para que la oposición se uniera en contra del gobierno, de Ordoñez a Petro, con el uribismo a la cabeza, y pasando por Serpa, todos rechazaron la acción. Ahora el músculo propagandístico del uribismo, que más de una vez ha probado su capacidad, promueve la percepción del plebiscito como una cosa de Santos, no como una oportunidad histórica de lograr la paz. Encima de todo, la Policía, que sería la institución encargada de respaldar el orden público en la transición hacia el posconflicto, pasa por uno de sus perores momentos. Y a eso hay que sumarle la propuesta de la reforma tributaria, bastante impopular entre los colombianos. Por todo esto, el año va a ser duro. La fecha del 23 de marzo, como bien dice Márquez, ahora parece una ingenuidad. En este escenario, lo peor que podría suceder es que el plebiscito no sea aprobado. Todos los esfuerzos de los últimos años habrían sido en vano. Uno puede estar o no de acuerdo con el gobierno, pero una cosa es Santos y otra la paz. Las condiciones para alcanzarla nunca habían sido más propicias. Si se cierra esa puerta, no sabemos cómo ni cuándo llegue a abrirse de nuevo.

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