Diciembre con su alegría

Enero 08, 2014 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

En diciembre los ricos parecen volverse más ricos y los pobres más pobres. Los medios se saturan de imágenes de famosos y sus botellas de champaña, sus casas veraniegas, sus playas y yates. A ‘White Christmas’ para algunos, así como una Navidad tropical, en el caso de tantas celebridades nacionales vestidas de lentejuelas, trajes verde biche, amarillo pollito, brillantes, colgantes, sombras de colores ácidos, a menudo junto al mar. En esta época aparecen los bebés que son presentados en sociedad: “La primera Navidad de”, el hijo de un rockero, de un político, de un millonario, de una actriz, de un futbolista. Niños que en tres décadas saldrán mostrando a sus críos en su primera Navidad, en un yate, en una fiesta de fin de año en Cartagena, junto al titular que lo mismo podría haber sido escrito hace cincuenta años, como se escribe hoy y como se escribirá en medio siglo: “Cartagena es el destino preferido de los famosos para esta época”. Hasta ahora nada nuevo, todos los años el ritual de saber qué comen los más poderosos, o los más exitosos, o los más millonarios, o las más hermosas, cómo descansan, qué playas y qué restaurantes visitan. Por otro lado, los que no tienen vacaciones ni las han tenido un solo día de su vida, los que no han visto el mar, los que no son bellos, exitosos, ni mucho menos adinerados, aparecen en los medios sin sonrisa, casi siempre por cuenta de una tragedia o en medio de una captura, de un proceso judicial, decapitados por sus familias o conocidos, violados, o bien asesinados en un atraco, en una pelea de barrio, en una buseta o porque iban estrenando celular y se los quisieron robar. Los pobres, como si no celebraran, no tuvieran familias, no disfrutaran, no comieran, no se rieran, no amaran a sus hijos y abuelitas, solo acaparan los medios cuando la violencia irrumpe en sus vidas, y en estas fechas sus desgracias hacen noticia junto a la foto del bebé del cuñado de algún funcionario público.Un paseo por los titulares de los principales diarios del país es un penoso recorrido por los contrastes que se viven día a día, pero que pocas veces al año se ilustran de manera tan descarnada. Los unos indolentes, los otros desesperanzados. Tantos otros nos sentamos a observar con mirada crítica sin hacer nada, pues al final la sensación es que este es el mundo en que vivimos y el país que nos vino a tocar y “qué se le va a hacer”. Hace pocos días fui a ver ‘Los juegos del hambre’ y volví a pensar cuánto de nosotros hay en esa película, cuánta verdad sobre la manera caníbal en la que quienes tienen más parecen a menudo empeñados en refregárselo en la cara a quienes tienen menos. Los pobres, para los más pudientes, son una abstracción. Una mueca en un semáforo. Una fiesta en un barrio polvoriento a la que van las señoras de la ‘high’ una vez al año a entregar unos regalos. Poco más que una distracción. Si bien somos el tercer país más desigual de la región, y uno de los diez más inequitativos del planeta, tal vez nos consuele pensar que la tendencia a vivir en ‘farandulandia’ mientras nos distraemos con las desgracias ajenas en titulares amarillistas, parece ser una tendencia global. En Grecia reaparecen enfermedades como la peste y la malaria y en Inglaterra se multiplica por veinte en seis años el número de personas que piden asistencia humanitaria. Como tanto nos importa ir a la vanguardia, al menos en desigualdad, sin duda, llevamos la delantera.

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