Del miedo al odio

Del miedo al odio

Enero 31, 2018 - 12:09 a.m. Por: Melba Escobar

Siempre hemos tenido miedo al otro. Es un mecanismo de protección hacia lo desconocido, hacia aquello que puede ser una amenaza. Contra las mujeres, los negros, los refugiados, los musulmanes, los guerrilleros, la Policía, el Estado, o para poner un ejemplo reciente, contra los venezolanos. Nada más fácil que encontrar una explicación inmediata y contagiar a otros con su credo.

Con el miedo como motor, la masa se aglomera, se unifica, y en ese unificarse contra el otro desaparecen los matices, los rasgos particulares, empezamos a ver al enemigo como un bloque, una masa amorfa y unificada. El odio no alberga lugar a la duda porque como dice Carolin Emcke en su libro Contra el odio, “odiar requiere de una certeza absoluta, la precisión traería consigo la sutileza”.

Las generalizaciones son entonces una venda que nos nubla la mirada y nos hace ver solo aquello en lo que queremos creer. Es así como según qué mitología, soñar con una cabra puede representar tener al diablo dentro. Con la misma entrega nos volcamos sobre miedos que nos convocan como masa, nos unen para gritar arengas contra ese otro que ahora solo vemos como el enemigo.

Es así como hoy en Colombia somos presas del miedo y por tanto, potenciales adeptos a cualquier grupo que prometa soluciones en el corto plazo. Son tantas las historias de robos urbanos que nos dejan sin aliento. El lunes en la noche bogotana entraron a una hamburguesería y robaron a un hombre con un arma. Le robaron un ‘reloj de alta gama’, de esos que pueden costar treinta o cien millones de pesos. Pero el punto no es el costo del reloj, la desigualdad, ni la injusticia. Ya no tenemos tiempo para pensar en políticas públicas, para imaginar otro país posible, para ver el largo plazo, la enfermedad detrás de los síntomas. No lo tenemos porque el miedo nos hace recordar a esa mujer a la que hirieron y dejaron parapléjica hace apenas unas semanas en el barrio Los Rosales de Bogotá por robarle su camioneta. Estaba embarazada. Se bajó aún cuando la camioneta era blindada. Ella como nosotros tenía miedo.

Ese miedo que nos empuja a unirnos en un odio visceral y aterrado de donde empiezan a salir normas igualmente temibles y arbitrarias, como esa de prohibir los parrilleros en las motos. ¿No es eso una forma de discriminación? ¿Una injusticia? Pero una injusticia que funciona, responden algunos. Porque el punto parece ser la medida, no la comprensión del fenómeno, mucho menos su solución de raíz. Ya no vemos la raíz, nos quedamos con las ramas y terminaremos por quemar el árbol entero.

En las redes sociales se multiplican las arengas de quienes parecen saber qué hay que hacer en estos casos. Que hay que mantener en la cárcel a quienes cometen delitos menores, reducir la edad de encarcelamiento a menores de 12 años, volver al ataque militar contra el ELN. Y yo me pregunto, ¿funcionarán tales medidas? Y de ser así, ¿por cuánto tiempo? ¿En cuántos años tendríamos que pedir la reclusión a menores de 10 años o bien poner más policías de los que ya han ido sumándose a una ciudad cada vez más sitiada por la fuerza pública? ¿Cuántos muertos más queremos antes de volver a contemplar una salida negociada al conflicto?

Quizá este incremento de la delincuencia sea la cereza en el pastel de la derecha en plena campaña electoral. Sin embargo, no habría que dejar de hacerse las preguntas de fondo y preguntarse hasta dónde podemos llegar si continuamos por este camino sin mirar hacia el futuro.

Sigue en Twitter @melbaes

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