Bien morir

Bien morir

Octubre 31, 2012 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

Hace un tiempo hice una historia sobre los enfermos con lesión cerebral irreversible, que viven con ayuda de un ventilador mecánico, o bien, que ‘viven’ sin movimiento, sin palabra, sin pensamiento. Este caso se trataba de un hombre con más de 10 años en coma que no hablaba, no veía porque estaba ciego, no podía comer, no podía tocar, no podía sentir. O tal vez, este último punto es el más cuestionable. En el caso de Bernardo, un quejido continuo hacía dudar sobre su capacidad de sentir. Para algunos médicos, no era más que un sonido involuntario que jamás podría asociarse a la conciencia. Para otros, incluso en las situaciones más extremas de lesión cerebral, puede haber conciencia. Sin embargo, a menudo coinciden en que si es necesario el uso de un ventilador mecánico, es porque la vida ha dejado de funcionar de forma natural y sólo continuará si se liga a un procedimiento artificial. Por ende, es posible ‘dejarla ir’. En otras palabras, la mayoría concuerdan con el código de ética médica, según el cual “se utilizarán los métodos o medicamentos a su disposición o alcance mientras exista la posibilidad de curar o aliviar al paciente”. En casos donde la curación ya no es posible, se evitará el ‘encarnizamiento médico’ y se permitirá que la enfermedad siga su curso. En tal sentido, la Fundación Pro Derecho a Morir Dignamente, con sus más de 25 mil afiliados a nivel nacional, permite que quienes firmen el documento ‘Esta es mi voluntad’, amparados en el código de ética mencionado, puedan prescindir de un tratamiento llegado el caso de una situación irreversible. Para la Fundación, el derecho a la autonomía es un derecho fundamental consagrado en la Constitución y va hasta el final de nuestras vidas. Es así como siendo seres autónomos, tenemos derecho a pedir que no se nos reanime inútilmente. ¿Pero podemos, como seres autónomos, considerar que nuestra situación es indigna y que no toleramos más sufrimiento? En 1997, la Corte Constitucional consideró que en situaciones irreversibles la muerte asistida no debería ser un delito. Se refirió a esta como ‘Homicidio por Piedad’ y le dio al Congreso seis meses para su reglamentación, sin resultados a la fecha. En estos días, la ahora conocida como Ley de la Eutanasia, se debate en el Capitolio. Esta consideración hacia la libertad individual bien reglamentada, puede ser un gran avance hacia una sociedad respetuosa de los derechos de sus ciudadanos. En muchos casos, la omisión no sólo no es suficiente, sino que puede resultar cruel. Dejar sufrir una persona hasta que muera por el curso natural de su enfermedad, poco tiene de acto piadoso. El papel del médico es el de aliviar el dolor y en esa medida, cuando no hay más que hacer por el paciente, tiene la responsabilidad ética de ayudarle a bien morir. Todos tenemos derecho a una muerte digna. En mi caso, espero que si se llega el día en que mi situación sea un suplicio irreversible, pueda morir en mi cama, rodeada de mis seres queridos, gracias a un sedante administrado por un profesional competente y sin sentir que estoy violando ninguna ley por ello. Es curioso, con los perros nunca dudamos que ha llegado el momento de ‘dormirlos’, pero con los humanos nos negamos rotundamente a dejarlos ir, no importa cuánta pueda ser su agonía. A menudo, hay un egoísmo de los vivos en mantener a la fuerza la presencia de nuestros seres queridos, así estos ya hayan emprendido el viaje al otro mundo, y de ellos sólo quede un cuerpo en ruinas.

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