Amazona

Agosto 15, 2017 - 11:55 p.m. Por: Melba Escobar

Hace unos días, una amiga me preguntó cómo se siente ser mamá. Lo primero que se me ocurrió responder es que ya no recuerdo cómo se siente no serlo. Más que eso. Cambié de piel. Dejé de ser la mujer que alguna vez fui. Y justo por estos días la busco entre cuadernos y fotografías como tratando de entender a esa otra que dormía hasta las diez de la mañana los domingos y que, a menudo, se preguntaba por el sentido de la vida.

A veces pienso que uno tiene hijos como quien planta un ancla. Es quizá la manera más certera de llegar a tierra firme, de ponerle un cese definitivo a esa búsqueda incansable. ¿A qué vine? ¿Qué sentido tiene esto? Son asuntos que desaparecen de un golpe cuando se tiene otra vida entre las manos.

Un hijo elimina esa pulsión vital que nos lleva a recorrer las mismas preguntas. La subsistencia ya no es una decisión autónoma: hay que vivir para otro y eso simplifica o acalla las incertidumbres, así como impone una renuncia de los impulsos que nos guiaban antes, cuando éramos solos. ¿Pero es instintivo buscar la seguridad cuando se tienen hijos? ¿Abandonar las preguntas, los proyectos propios? ¿Hacer un nido, volverse sedentario?

Me impresiona con qué facilidad nos acostumbramos a las verdades hechas, esas que la sociedad nos dicta como si fuesen mandatos biológicos y no construcciones que a fuerza de repetición terminan por volverse irrefutables.

Eso lo pensé después de ver Amazona, el documental que hace Claire Weiskopf sobre su madre junto a Nicolás Van Hemelryck. Una mujer atípica, una madre que rompe la caja y decide irse a viajar a pesar de tener dos pequeños. Sus deseos, pintar, ser libre, conocer el mundo y seguir en movimiento pues, como dice la cita de apertura de la película, “seré feliz en el lugar donde aún no estoy”.

La mujer nómada, la indomable fuerza de la naturaleza, la amazona, peregrina por pueblos, ríos y caseríos con sus dos pequeños. Cuando Claire (la hija de Amazona y directora del documental) cumple 11 años, decide irse a la ciudad con su padre. Su madre la deja ir, así como dejará ir a Diego unos años después. ¿Entonces uno se pregunta, eso se puede? Porque hay un tácito dictamen que parece resaltar enérgicamente que no se puede, que la vida de una mujer deja de ser su prioridad una vez es madre, pues la prioridad han de ser ahora sus hijos.

Amazona es una película incómoda, profundamente conmovedora, que nos impulsa a preguntarnos sobre la forma como asumimos la maternidad, y sobre los límites del albedrío una vez se tienen hijos. La delicadeza poética de esta historia filmada en el Amazonas, la franqueza con que se hablan madre e hija, la profundidad risueña de sus conversaciones y, al final, lo doloroso e incierto de ese único viaje sin retorno que emprendemos muchas mujeres, me pareció tan soberbio como desgarrador, en medio de una historia donde hay nacimientos, viajes y amores atravesados por la muerte.

Lo cierto es que después de mucho pensar la respuesta para mi amiga en esa comida cuando me preguntó qué se siente ser madre, solamente atiné a recomendarle Amazona y a citarle las palabras que en un momento de la película dice la protagonista con vehemencia: “lo más importante en la vida de uno, es la vida de uno”, una afirmación que como mujer y como madre, aun me sigue (y seguro me seguirá) dando vueltas en la cabeza. Más que un documental, es un viaje existencial que deja huella.

Sigue en Twitter @melbaes

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