Yuri Alvear, de Jamundí

Agosto 02, 2012 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Cuando veo a estos jóvenes colombianos subir al podio olímpico para ceñirse una medalla, y veo ascender también la bandera colombiana en Londres, no puedo dejar de sentirme como Amparo Grisales: ¡erizado!Primer fue Rigoberto Urán, al que pude ver gracias a las exclamaciones de la familia, las mismas que me sacaron de un dulce sueño; pero valió la pena, porque presencié el “sprint” final del colombiano, biela a biela con Alexandre Vinokourov, al que pudo derrotar si no hubiera dado un pestañazo para ver a la “jauría” de ciclistas que venían atrás, debajo del Ángel de la Verdad y la Caridad, por la avenida Mall, junto al Palacio de Buckingham. “Ahí vienen los depredadores”, decía el locutor, y esa alusión abarcaba al equipo británico, al español, que venían jalando con fuerza. Cuando Oscar Figueroa levantó los 177 kilogramos volví a sentir ese orgullo de ser colombiano, esa condición indefinible que el poeta Jorge Luis Borges categorizó como “un acto de fe”, en Ulrika, uno de sus cuentos más celebrados. Este es el fragmento de Borges donde saca a relucir ese concepto: “Nos presentaron. Le dije que era profesor en la Universidad de los Andes en Bogotá. Aclaré que era colombiano. Me preguntó de un modo pensativo: -¿Qué es ser colombiano? -No sé -le respondí- Es un acto de fe. -Como ser noruega –asintió...”Borges escribió este cuento en la cima de su vida y supo de esa sorpresa de sentir y recibir el amor de una muchacha buenamoza, en otro momento de Ulrika donde aparece, hermosamente, una alusión a Popayán: “Para un hombre célibe entrado en años, el ofrecido amor es un don que ya no se espera. El milagro tiene derecho a imponer condiciones. Pensé en mis mocedades de Popayán y en una muchacha de Texas, clara y esbelta como Ulrica, que me había negado su amor...”La verdad, cuando uno ve el país despedazado por los ataques de la guerrilla, cuando ve vacilar a un Congreso conformado en su mayoría por ignorantes que ni siquiera se permiten leer los proyectos de Ley, cuando observa a la Nación inmersa en la banalidad de los “realities”, en la resurrección de Pablo Escobar, en la fiesta de un tal “Fritanga”, en el retorno de “El Socio”, en el revuelo por la cárcel impuesta a la clase política vallecaucana; cuando observamos la mediocridad municipal y departamental, la improvisación y el desasosiego, las fotos de la “vía” a Barbacoas y de otras “carreteras” nacionales, lodazales para enterrar buses y camiones, el drama de la salud y el atraco de las EPS, el desmadre pensional, los sueldos astronómicos de los congresistas, uno entiende que Borges se adelantó más de tres décadas a lo que vivimos: “Ser colombiano es un acto de fe…”Esa misma fe que nos lleva a emocionarnos por las medallas que hacen brillar por momentos nuestro patriotismo, un sentimiento causado por jóvenes humildes con historias también humildes, de desarraigo. Figueroa nació en Zaragoza, Antioquia, pero fue un niño desplazado. Con su familia, vino a vivir a Cartago. Lo que emociona de verdad es que la violencia, la pobreza extrema, el olvido, la exclusión, no hayan podido mellar el corazón y el coraje de estos atletas nuestros que ponen nuestra bandera en alto.Ahora recibimos estos honores con más serenidad; recuerdo cuando Helmut Bellingrodt alcanzó su primera medalla de Plata en Tiro al Jabalí, Munich 72. En Buenaventura, los bomberos metieron un sirenazo, las iglesias echaron sus campanas al vuelo, y desde el púlpito los curas pidieron orar por Bellingrodt para que regresara “sano y salvo” a la patria. Quizá ahora tenemos menos fe.

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