Un mundo sin bin Laden

Mayo 19, 2011 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Es verdad; el mundo sin Osama bin Laden se siente más seguro, pero Estados Unidos y las naciones de Occidente deben estar vigilantes ahora frente a la amenaza que representan los herederos de la guerra terrorista, los mismos que han prometido vengar a su líder.Bin Laden había vivido en una apacible región de Pakistán, por espacio de cinco años, sin que llegara a sospecharse de su presencia. El gobierno de los Estados Unidos soslaya, de todos modos, alguna protección por parte de un ala integrista militar pakistaní, la misma que impidió a los servicios secretos estadounidenses acercarse al paradero del líder terrorista.A bin Laden se le asociaba con esas montañas rocosas donde aparecía en un vídeo, apoyado en bastón, con un sombrero de piel de camello. Lo que nadie imaginó era que vivía en compañía de tres de sus esposas, varios hijos y nietos, rodeado de un paisaje bucólico donde no faltaban aves de corral, conejos y una huerta que le proveía vegetales. Vivía como un ‘Mujik’, un campesino ruso anterior a la Revolución de Octubre, con una ración diaria de yogur y en plenitud de ambiente familiar.Se han triplicado los controles en los aeropuertos para evitar un atentado como el del 11 de septiembre de 2001.El mundo cambió después de ese día; ya nada fue igual. Volar de un lugar a otro del planeta, algo que en determinado momento fue placentero, se convirtió en una tortura. Los pasajeros, en todos los aeropuertos del mundo, deben despojarse de zapatos, cinturones, sombreros, y pasar debajo de una cámara de rayos X; para los pilotos, también, todo fue diferente. Las cabinas, otro día abiertas, desde la cual un pasajero podía contemplar la noche estrellada, si quería ir hasta ahí en medio del tedio de un largo vuelo, son hoy fortificaciones blindadas. Los gobiernos del mundo invierten hoy cinco veces más en seguridad aeroportuaria que hace diez años. Desaparecido bin Laden o buena parte de sus lugartenientes, el mundo islámico deberá hacer una gran tarea de aproximación a Occidente, a otras religiones, en un proceso de lucha contra los estereotipos creados por esta guerra.***En columna reciente, con el título ‘Las teclas del piano’, hice una alusión estética entre la madera y el plástico, y mencioné a las sillas Rimax como “verdadero adefesio…”. Tomé el nombre Rimax como genérico colombiano, sinónimo de silla de plástico. Esta, que es una empresa constituida en Bogotá, en uso pleno del derecho amparado en la Constitución, me envía una misiva en la que solicita rectificar esta apreciación, teniendo en cuenta que “Plásticos Rimax Limitada es una empresa con altos estándares de calidad, gracias al trabajo arduo y el diseño, que le permiten reconocimiento nacional e internacional…”.Quiero manifestar que en ningún momento quise causar daño específico a esta razón social -no tengo motivos personales ni generales para ello- y presento públicas excusas a quienes lideran esta empresa, si mi comentario fue descalificatorio, deshonroso, o lesionó su buena imagen.Con respecto al piano y en respuesta a múltiples amigos que me propusieron soluciones, quiero decirles que el teclado le fue retirado, para el apropiado ingreso a Canadá, -el instrumento se encuentra ya en Toronto, imagino con un nuevo teclado- y puede ser disfrutado ahora por la familia de mi difunta esposa.

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