Trump y Reagan

Trump y Reagan

Agosto 20, 2015 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

El que Trump sea primero en las encuestas republicanas toma por sorpresa a quienes ven en él a “un millonario que se divierte”, como acaba de pintarlo Vargas Llosa, pero el hombre de la gorra de beisbolista que bota fuego cada vez que habla solo repite lo que los ‘gringos viejos’ comentan en sus cenas, en cerrados recintos familiares. Trump es lo más parecido a Ronald Reagan, el actor de Hollywood, nada destacado, que personificó al ‘self made man’, el que con su estilo campechano y bronco quedó en la historia como el enterrador del comunismo. En una tarde de 1994, en Bel Air, California, Nancy Reagan bajó las persianas que daban al jardín de su casa, donde su esposo pasó sus últimas horas de lucidez. Apagó las luces de los closets donde se alineaban sombreros y botas cosidas a mano por zapateros de Texas y miró por última vez, en sombras, el perfil de un hombre callado delante de un plato de avena, con el gesto de alguien que navega por los tremedales de la memoria. Esa fue la imagen que las mujeres de la familia atesoraron, la misma que guardaron en estricta intimidad. Ningún fotógrafo o reportero pudo consignar en diario alguno el naufragio físico de quien fuera presidente de los Estados Unidos entre 1981 y 1989. Reagan quedó para la historia como el viejo-joven al que jamás le plateó una cana en las sienes, el símbolo de la ‘arrogancia gringa’, un mechón retorcido sobre la frente y la sonrisa templada hacia la izquierda, como si la tuviera perennemente atada con cauchos a la oreja. Famoso por su testarudez y su particular concepto del ‘sentido común’, no era propiamente un filósofo ni estadista brillante ni amigo de escritores y artistas, como Kennedy o Clinton, ni recitador del primer capítulo de ‘Luz de agosto’, de Faulkner, ni preciso en las citas de Thoreau o Whitman. Ahí no estuvo su fuerte; ponderó la imagen por encima de los discursos y se alió con asesores de primer nivel. El país conservador (republicano) y no pocos demócratas, lo adoraron; puso en la escena política las formas sociales rurales que iban quedando de la enorme nación pastoril, la misma que ya entonces, a mediados de los 80, era enterrada entre zumbidos de rap, chasquidos del punk, y los desdenes del nuevo nihilismo que sucedió a los hippies. Reagan parecía no enterarse de los cambios del tiempo e iba hasta las granjas de Arkansas para darle tetero a los terneros recién destetados, hablaba con vehemencia ante los sembradores de papa de Idaho, se tastaseaba con los algodoneros de Alabama y se tomaba un Bourbon con los maiceros de Illinois. Creía en el campo; era campesino él mismo y hablaba en lenguaje de nativos acerca del futuro del mundo. Subió el presupuesto de guerra, mejoró las condiciones de todo el cuerpo militar y a pupitrazo hizo aprobar más dinero para la investigación y creación de armamento sofisticado, lo que se conoció como ‘Guerra de las Galaxias’. La vieja URSS quedó rezagada, no pudo competir con el alto voltaje que puso Reagan en esa carrera armamentista y, fue obligada, a través de Gorbachov, a firmar tratados para el desarme nuclear. Armó a los contrarrevolucionarios en Centroamérica y derrotó al sandinismo, hundió a Cuba en un olvido peor que el decretado por sus antecesores, invadió Granada en 1983 y cayó sobre Libia en 1986.El hombre que fuera salvavidas en las playas de California, locutor de radio, fue despedido por 89.000 dolientes y 25 jefes de Estado. El Papa dijo que “tenía un alma noble” y Gorbachov, su perestroiko “enemigo”, ponderó su tarea de gobierno. A diferencia de Reagan, Trump tiene dinero, alma de jugador, apuesta duro y puede ganar. Para sorpresa del mundo.

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