Tres instantes

Noviembre 24, 2016 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Había oído hablar de él toda la vida. Estaba en una mesa contigua; en los 80 y 90 decían que era el hombre más rico de Colombia, ‘dueño de las gaseosas’ y de un emporio informativo. Terminé de almorzar en compañía de Felipe Domínguez y fuimos a la mesa de este club donde viene de tarde en tarde. Su aspecto no dista mucho de las fotos en las que aparecía hace unos años en todos los medios nacionales. Felipe quería presentármelo y él me estrechó la mano con una firmeza que fue todo un lenguaje. Recibí este saludo certero, enérgico, como la comunicación bienhechora de alguien que ya en la cima de sus años mira al país que ayudó a construir con su tesón. Carlos Ardila Lülle respira desde hace varios años en Cali, la ciudad que por su clima, acaso le recuerde a Zapatoca, en Santander, la población donde fue a la escuela primaria. Creo que eligió bien; Cali no dista mucho del paraíso que describieron los cronistas de Indias, particularmente en estos días previos a diciembre, cuando la luz parece más bonita y los afectos más nítidos.Después de dialogar brevemente con Iván Lizcano, uno de sus representantes, me despedí de Ardila Lülle con la impresión de haber saludado a un titán. Mano firme y una mirada sin ambages.Salir a caminar con Felipe tiene sorpresas; remontamos luego una calle hacia Miraflores, hasta llegar a la colina rematada por una casa en forma de buque. Su proa mira desde lo alto hacia la Calle Quinta y a estribor está la residencia del pintor Édgar Álvarez, a quien Felipe no duda en describir como uno de los pintores caleños de mayor importancia nacional. Tocamos a la puerta y Édgar nos recibe con una botella de vino francés. Acaba de llegar de Cartagena donde pasó varios días con su familia, y la conversación deviene acerca de la Cali de los Festivales de Arte, de la Galería La Gaceta II, donde Édgar dictaba cursos de pintura “para señora burguesas” -así lo recuerda- y su compadrazgo con Fernell Franco. Nos trae el libro que acaba de editar la Fundación Cartier de París, y vemos ahí toda una poética de luces y sombras, los barrios de Cali, la escuela pictórica de Éver Astudillo y Ócar Muñoz, la sombra de un ciclista proyectada sobre el adobe de San Antonio, bajo una ventana arrodillada. Édgar nos habla ahora desde las sombras, pero con la alegría de siempre. Ha perdido la visión y reconoce cada rincón de su casa; sabe, por el lenguaje de su dedos, cuál es la textura que corresponde a una serigrafía, una xilografía, un intaglio. Uno de sus cuadros está hoy en el Club Colombia, junto a un Grau que representa el juego de cartas.Édgar no puede ser olvidado. Felipe quiere realizar una gran exposición y un libro con su obra, uno de los pocos pintores de Cali al que Marta Traba llenó de elogios, el hombre que fundó una poética pictórica desde el fetiche noticioso de los periódicos.La noche culmina en la Librería Nacional del Oeste, donde Gabo se hace más humano. Le pregunto a Felipe qué fue de las memorias de Rafael Escalona, a quien en una ocasión debí dejar bebiendo solo en su casa de Bogotá. Una vez abría una botella de scotch, no paraba. Felipe me dice que quizá uno de los pocos amigos que se le “emparejaba” bebiendo, era Gabriel García Márquez. Domínguez había invitado a Escalona a México, y en una tarde de noviembre esperaban a Gabo en el lobby del Hotel María Isabel Sheraton. El escritor llegó puntual y desde ese momento, por cinco días, se abrió un diálogo regado con escocés. Gabo los invitó a su casa. Se trataba de la residencia donde el escritor tenía su segunda mujer, una joven estudiante de literatura que le había parido ya una bellísima hija.Me entero que se trata de un secreto a voces, algo plenamente conocido por la familia del Nobel, y me digo que este día, definitivamente, no puede ser echado en “el buzón del viento”. Sigue en Twitter @cabomarzo

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad