Sin justicia no hay país

Sin justicia no hay país

Marzo 26, 2015 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Muchos creen que la agonía de la Justicia colombiana se produjo el 6 de noviembre de 1985 cuando el magistrado Alfonso Reyes Echandía clamaba desde el interior del Palacio, que pararan, por favor, la balacera indiscriminada que prendió finalmente en hoguera. Era el incendio de la Justicia de una nación que no pudo frenar con el diálogo la vesania de dos fuerzas: la de los rebeldes del M-19 y la legítima, del Estado.Pero ya anterior a eso, ese mismo grupo insurgente había dado muerte, sin compasión ni clemencia, al sindicalista cartagenero José Raquel Mercado, un hombre que había sido lustrabotas y era en ese momento, 1976, símbolo de las luchas obreras.Lo mataron por esa equivoca fe stalinista de creer que se trataba de un “traidor de la clase obrera” y como tal merecía morir. Este crimen debe pesar todavía en la conciencia de quienes lo cometieron.En este, el mismo país donde han sido asesinados cinco candidatos presidenciales, guerrilleros, paramilitares y criminales de toda laya, cometen diariamente masacres, arrasan pueblos enteros, explotan iglesias, secuestran, extorsionan.Uno se pregunta de dónde viene la insania colombiana, la ausencia de justicia, y es menester hurgar, antropológica y sociológicamente en los anales de su historia. Nunca se supo cuántos obreros del banano fueron asesinados en ese turbio episodio conocido como ‘La matanza de las bananeras’ en 1928, como no se sabrá cuántos colombianos han sido masacrados hoy por los carteles de la droga.Nos espantamos con México, y venimos de una noche peor, la misma que oscurece los estrados más altos de la Justicia. El espectáculo denigrante que está dando hoy la Corte Constitucional permite pensar cómo está la república de ahí hacia abajo. Jueces venales, abogados incapaces de redactar un derecho de petición ganan prestigio por resolver casos a punta de sobornos; bandidos que se abren paso parapetados en la defensa invencible que los pone al margen de las cárceles. “Todo el mundo se vende, todos tienen precio”, es el lema de estos rábulas que merodean en los pasillos de las cortes, en busca de un togado que les ponga la firma para que el mundo siga andando; a su manera, torcido y renqueante.El mal olor debía sentirse en cualquier momento; lo que está ocurriendo hoy no es asunto de varios años. Viene de atrás. Es por ello que el problema de la Justicia en Colombia no se resuelve con la renuncia de Jorge Ignacio Pretelt. Él lo ha dicho: “Si me voy nos vamos todos…”. ¿En esa sentencia cuántos caben; quiénes son todos? Se ha dicho siempre que en la Justicia descansa la majestad del Estado. ¿A cuántos sepulcros blanqueados arrastrará en su ordalía Pretelt? Puede correr la misma suerte del fiscal argentino, dicen. Sabe demasiado. Por lo pronto, ha puesto su familia a buen recaudo.Para que exista justicia real en Colombia, habría que, como quería el dramaturgo alemán Bertolt Brecht, trastocar todo el Estado. Algo que es imposible, y no son las Farc, desde La Habana, los mismos que piden perdón y olvido para sus crímenes, los llamados a convocar una Constituyente. Lo que ha dicho Pretelt del fiscal Montealegre, de su deseo de refrendar desde la Corte una patente de corso que le permita a la guerrilla no pagar ni un solo día de cárcel, entre otras explosivas declaraciones, es de lo más contundente que se ha oído en Colombia en las últimas décadas.Santos promete paños de agua tibia para una rama del poder estatal que hace agua por todas partes. Sabe de antemano que ni siquiera un borrón y cuenta nueva resolverá la corrupción enquistada en los genes de la nación. Otra batalla perdida, como la de la paz con impunidad y sin entrega de armas.

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