Sancocho de perdiz

Sancocho de perdiz

Noviembre 29, 2017 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Los dos primeros lustros del presente siglo fueron de muchísima actividad cultural en Estados Unidos, por parte de artistas colombianos residenciados ahí o en visitas programadas por universidades.

En medio del tedio de Hartford, Connecticut, una de las ciudades más aburridas de Estados Unidos, recibí la llamada de Armando Romero, el escritor nadaísta hoy catedrático de la Universidad de Cincinnati. Armando acababa de publicar su novela ‘La Rueda de Chicago’, y venía a Connecticut invitado por Central University. Pensé qué podía hacer para homenajearlo y corrí al supermercado a buscar una gallina para hacerle sancocho. Conseguí plátanos verdes en una tienda dominicana, yuca congelada, papa Russet de Idaho, la más parecida a la pastusa colombiana, cilantro y ‘recado’, que es el nombre que recibe el cimarrón en el Caribe.

Armando llegó puntual a casa pero, para mi sorpresa, no compré gallina sino perdiz. Venían dos en el empaque, me parecieron de buen tamaño y pensé: una para Armando y otra para mí. Debo explicar que las perdices gringas son del tamaño de una gallina colombiana. Armando estaba sorprendido de ver un ave entera en su plato y debí confesarle mi turbación, pero, al menos eso dijo, el sancocho de perdiz salió de maravilla.

La sobremesa se prolongó y salimos raudos a la universidad, pues la hora de su conferencia se aproximaba. Ese día entendí que puedo habilitarme como cocinero, pero no como chofer; para mí que nunca he entendido dónde están las calles y cuáles son las carreras, encontrar una dirección es asunto complejo. En esa época no existía el ‘Waze’ y andar por carreteras exigía parar de vez en cuando para chequear los mapas.

Avanzábamos felices, pero de pronto noté que el tiempo para llegar al claustro había pasado, mientras remontábamos carretera en medio de un bosque de tractomulas. Miré la señal arriba y el aviso indicaba ‘Boston’. lbamos rumbo a Massachusetts y Armando se cogió la cabeza de pura preocupación. Paramos en una gasolinera, abrimos el mapa, y un dependiente nos indicó cómo enderezar el camino. Total, llegamos a la Universidad con casi una hora de retraso. Armando inició su conferencia pidiendo excusas por la impuntualidad y me señaló sin compasión entre la risa general del auditorio: “Me ha traído mi amigo Medardo, poeta colombiano, que debe saber bien cómo gobernar un potrillo (canoa), pero de conducir un auto, poco…”. Recuerdo esta anécdota, ahora que Armando anda muy exitoso con su novela ‘Cajambre’, inspirada en ese lugar cercano a Buenaventura que conoció en sus vacaciones de juventud.

El mismo día de la visita de Romero a CT, estaba por ahí Sergio Dow, el director de cine residente en Chicago. Hablamos por teléfono, pero no me ocurrió invitarlo a un sancocho.

El inicio del milenio fue también pródigo para el cine caleño. Luis Ospina me invitó al estreno de su película ‘Soplo de vida’. Acudí a los estudios de Manhattan donde se editó el filme. No sé cuánta acogida recibió la obra en Colombia, pero para quienes asistimos a la premiere, encontramos a un Ospina en el deseo de confrontar una realidad nacional permeada entonces por los traquetos. Álvaro Ruiz interpretó uno de sus últimos roles, como un vejete enamorado. Un tal ‘Medardo’.

Fernando Vallejo venía de México a Nueva York. No pude verlo en esa ocasión, pero me expresó telefónicamente su interés en conocer a fondo a la comunidad colombiana residente en Queens. Andaba interesado en escribir una novela de inmigrantes. Fue Mario Rey quien me presentó al escritor en México, en medio de una cena que ofreció para Álvaro Mutis.

En ese encuentro en México en el que hicimos lecturas en el Palacio de Bellas Artes, volví a ver a mi querido amigo Marco Tulio Aguilera Garramuño, quien había tenido una temprana nombradía en Latinoamérica con su novela ‘Breve historia de todas las cosas’. Acaba de recibir uno de los premios literarios más importantes de México: el Bellas Artes de Novela. ¡Enhorabuena!

Sigue en Twitter @cabomarzo

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