Salven al electricista

Febrero 19, 2015 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

La justicia francesa acaba de llamar a juicio a Pierre Le Guennec, quien fuera electricista de Pablo Picasso, por considerar que 271 obras que posee -alega que fueron un regalo del artista-, en realidad fueron robadas.El hombre cuenta cómo Jacqueline, la última esposa del genio, una joven de 18 años, en una mañana de lluvia de 1970 le entregó un dossier con muchísimos bocetos. “Esto es para usted”, le dijo. Los descendientes de Picasso, conocedores de la austeridad espartana con la que su padre manejaba el dinero -Picasso tenía baúles llenos de oro, pero fiel a su origen malagueño no lo deslumbraba el derroche y pensaba que un artista sólo necesita a veces bacalao con pan- no creen que en su casa se haya dado “tanta” generosidad.Lo que no analizan, quizá, es que el regalo no vino de Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno María de los Remedios Cipriano de la Santísima Trinidad Ruiz y Picasso, que así se llamaba originalmente el pintor, sino de su mujer. Las mujeres suelen tener un sentido de desprendimiento que no conocemos los hombres. Para ellas, las cosas no tienen valor en sí, sino por la utilidad objetiva de las mismas, o por lo que significan en un momento de la existencia. Estoy seguro que la última esposa de Picasso debió tener aquella mañana un pequeño disgusto con su marido y decidió hacer este regalo para comprobarse así misma que el valor del arte en manos de una mujer de humores contrariados, puede tener, en ocasiones, el precio de un panal de huevos.La obra que posee hoy el electricista está avaluada en US$34 millones y pertenece a una de las épocas más creativas del malagueño. La defensa alega que fue el propio Le Guennec, quien llamó a la familia Picasso para saber qué valor podían tener estos papeles que atesoró por tanto tiempo.Leyendo la noticia de este caso, en el cual me pongo del lado del electricista, recordé un hecho acaecido no hace mucho en mi propia casa. Renté un apartamento contiguo a un amigo que enfermó gravemente y debió buscar otra vivienda por razones de salud. Cuando la residencia estuvo vacía, contraté a un par de obreros para que hicieran las refacciones debidas, labores de pintura, plomería, etcétera. En determinado momento pasé a ver el estado de la obra, y caminé entre cartones y periódicos puestos ahí para protección de la pintura. Cerca de la cocina, me pareció ver, en el piso, una cartulina de caracteres conocidos, cubierta ya por el polvo. Me incliné para saber de qué se trataba y mi sospecha fue confirmada. Aquel pliego con caracteres geométricos en colores que parecían pedir ser sacados de ahí inmediatamente, por su brillo y volumen, era un grabado del Maestro Omar Rayo. Lo tomé de las puntas y el polvo corrió sobre la superficie, hasta dejar nítida la firma del artista, la fecha y una amorosa dedicatoria. Pregunté a los obreros de dónde habían sacado este “cartón”, y uno de ellos, con la pureza de la inocencia, me dijo que lo había encontrado enrollado encima de un closet y le había parecido útil para cubrir el piso en esa área de la casa. Recordé entonces la tarde luminosa de Roldanillo en que Rayo, en el día de sus cumpleaños, un 20 de enero, firmó aquel grabado, dedicado a mi amigo y su esposa. Firmó otro para mí, de la misma serie, el mismo que me acompañó por más de 12 años en mi periplo por Norteamérica.Los obreros nunca supieron por qué recogí aquel “cartón” de manera sacramental y salí con él sin decir palabra. Ya en casa, lo envolví en papel de seda y lo devolví a la viuda de mi amigo. Esto me enseñó que en muchos casos el “valor” del arte puede ser subjetivo. Y en el caso de Le Guennec, que todavía existe una máxima universal que pocos pueden controvertir: “Todo lo del pobre es robado…”.

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad