Roca, el enterrador

Octubre 25, 2012 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

El poeta Juan Manuel Roca acaba de publicar un libro en Alfaguara -‘Galería de espejos’- en el que se observa la intención de decapitar a muchos de los poetas que en Colombia se han tenido como valiosos, para dejar al final solamente, indemne y, por tácita conclusión, su propio trabajo literario.En los terrenos de la poesía y la plástica, más que en cualquier otro ámbito cultural, bardos y pintores se arrancan la piel con epítetos, con metáforas, y a veces con silencio. Al parecer es así en todo el mundo. Los poetas conforman el género más exquisito, envidioso y excéntrico de la arena cultural. Neruda recordaba a Omar Vignole, quien andaba con una vaca que le inspiró dos libros: ‘Mi vaca y yo’ y ‘Conversaciones con la vaca’. Este último con una dedicatoria que recordó en ‘Confieso que he vivido’:“Dedico este libro filosófico a los cuarenta mil hijos de puta que me silbaban y pedían mi muerte en el Luna Park la noche del 24 de febrero…”; en esa fecha había desafiado a un luchador, ‘El estrangulador de Calcuta’, quien lo volvió cisco, mientras la vaca miraba impasible desde una esquina del cuadrilátero. Decir por ejemplo que Gonzalo Arango era más activista que poeta, es faltar a la verdad. Arango era un poeta en el sentido de la palabra, excelente cronista, además. Todavía se recuerda, en las antologías de la crónica colombiana, el reportaje que hiciera a ‘Cochise’ Rodríguez, en cuya casa encontró, “el Corazón de Jesús más feo de Colombia”. Su ‘Ultima página’ en Cromos, firmada por ‘Aliocha’, era una deliciosa ventana a ese matrimonio entre periodismo y poesía.En el propósito de tallar su propio pedestal, Roca arremete contra Barba Jacob y hace chistes flojos con la poesía de Guillermo Valencia, como aquello de “encontrar camellos en Popayán…”. Valencia, por supuesto, no era el versificador al que Roca trata con desdén. Valencia fue en su momento uno de los poetas más respetados de América, en sintonía con otros bardos europeos. Gabriele D´Annunzio no desconoció a Valencia, como tampoco Ramón María del Valle Inclán, Rubén Darío, Amado Nervo.Ignorar a León de Greiff, pasar de largo delante de Álvaro Mutis o desconocer la poesía de Jotamario, de Jaramillo Escobar con su bellísimo libro ‘Poemas de tierra caliente’, con la intención de ‘enterrar’ al Nadaísmo, no habla bien de la calidad humana del poeta antioqueño.Cuando leímos aquello de “sin saber para quién /envío esta carta puesta en el buzón del viento...”, pensamos que Roca sería algo así como nuestro Benedetti, y seguro tenía la madera para erigirse como un bardo de resonancias continentales. Pero cayó en la trampa -vanidad de poeta- de enterrar a todos sus contemporáneos y a sus predecesores en la poesía colombiana, con chistes malos y aseveraciones malintencionadas. Su afán competitivo lo llevó a negar el valor de muchos poetas, y en ese ejercicio gastó parte de su talento. Roca, a sus años, ya no será Benedetti, Nicanor Parra, Jaime Sabines, o Juan Gelman. Conocido en Colombia, sí, pero sin ninguna resonancia más allá del puente de Paraguachón.Se quedó como un poeta de dos o tres poemas, fama de hacedor de retruécanos lapidarios y santón de unas capillas, ya muy reducidas, donde sus acólitos salen a esparcir incienso cada vez que viene a oficiar misa.Lo que acaba de decir en su libro es el juego de siempre, el ajedrez desacralizador que practican los escribas inseguros, para quedar solos, echándose viento en un panteón donde el lector no ha tenido voz ni voto. Ahí, sólo el eco de su propio ego. Después de Aurelio Arturo, Álvaro Mutis, Gonzalo Arango, Geovanni Quesseps y Raúl Gómez Jattin, quizá no ha nacido otro gran poeta en Colombia.

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