Reguero de pitos

Febrero 02, 2012 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

El mundo del arte se conmovió anteayer por el hallazgo de una réplica de la Gioconda en las bodegas del Museo del Prado; se trata, aseguran, de una copia realizada posiblemente por Andrea Salai, discípulo y amante de Leonardo Da Vinci.Mientras tanto, en Colombia pasamos de los chamanes que ordenan a las nubes la cesación de las lluvias, al arbitraje colombiano, donde uno de los rectores del fútbol nacional asegura haber encontrado, cómo ayer en Italia y Grecia, una escuela de efebos en la que se distribuyen privilegios de acuerdo al nivel de complacencia de sus integrantes.Que para llegar a las más altas posiciones del arbitraje en nuestro país, “hay que ser homosexual”, acaba de asegurar el presidente de la División Aficionada del Fútbol Colombiano, Álvaro González Alzate, quien dice también que esta condición es una enfermedad contagiosa, a propósito de la denuncia que instauró el árbitro Germán Mauricio Sánchez contra el pito mayor del fútbol nacional, Óscar Julián Ruíz, un profesional que ya representó a Colombia en tres mundiales, amén de muy destacados desempeños en copas continentales.“No hay nada con más posibilidades de contagiarse, no hay peor enfermedad, si se puede llamar así, con el respeto del que la sufra, que el homosexualismo", expresó González.Como decía el destripador de Londres, vamos por partes: la elección de la sexualidad es, desde hace muchos siglos, un derecho soberano; en un mundo donde se habla hoy de matrimonios “gays”, derechos de pensiones, heredad, adopciones, respeto para estas parejas, Colombia quizá se ha quedado a la zaga. Es claro que el lenguaje que utilizó González Alzate, pertenece a épocas superadas de discriminación y señalamiento, tiempos de oscurantismo cuando se creía que la homosexualidad era una “enfermedad contagiosa”. Lo grave de este asunto, si se llega a comprobar lo que aseguran Sánchez y González, es que la homosexualidad sea una condición “sine qua non” para acceder a los estadios más altos del ejercicio arbitral; es decir, desempeños internacionales, protagonismo en copas europeas, viajes a eventos mundiales, etcétera.Porque la comunidad homosexual ha sido una de las más denostadas del mundo, una de las que ha soportado más duramente el “apartheid”, sería contraproducente pensar que hoy algunos de sus miembros se han unido para poner retenes al libre ejercicio profesional, en las toldas del deporte, en la política, en las universidades, o en cualquier otro espacio de la vida moderna.Una tarea grande como es la de construir país, no puede diluirse en la creación de cotos mezquinos en los que sólo tienen voz y voto los practicantes de determinadas preferencias sexuales, máxime cuando el protagonista central de este debate, es descendiente de los bravos guerreros de Apure.Con la discusión que ocupa hoy al país, surgen también denuncias contra preparadores físicos, entrenadores, profesores de colegios y universidades, donde más de un chico ha encontrado talanqueras para conformar un equipo, víctima del chantaje sexual.Este escándalo que hoy toca al deporte, ha menguado ostensiblemente las arcas vaticanas. La Iglesia católica ha pagado millonarias sumas, particularmente en los Estados Unidos, por casos de acoso, violación y abuso sexual a menores. En su lucha por apartar a las ovejas descarriadas, la Iglesia no ha encontrado descanso en los últimos veinte años.El gobierno debe atender directamente lo que ocurre hoy en el deporte colombiano, y no permitir que esta situación quede relegada al campo del comadreo, del reguero de pitos.

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