¿Quién es este man?

¿Quién es este man?

Marzo 28, 2018 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Hace 1985 años Jerusalén parecía el aeropuerto de Miami en el momento de mayor tráfico aéreo, sólo que entonces el trasiego permanente era de ángeles; bajaban trayendo curación para los enfermos, y su aterrizaje era cotidiano.

El acontecimiento ocurría cerca de La Puerta de las Ovejas, junto a los cinco pórticos del estanque de Betesda, donde se aglomeraban ciegos, cojos, paralíticos, a la espera del ángel que en su llegada agitaba el agua. De acuerdo al Evangelio de San Juan, el primer enfermo que bajaba al estanque, después del movimiento del agua, quedaba sano.

En ese lugar, Jesús encontró a un hombre que llevaba 38 años de padecimiento; esperaba sin esperanza la curación angelical, tirado en el suelo, con su lecho enrollado al lado. Cada vez que el ángel descendía al estanque, procuraba arrimar para sanarse, pero otros más rápidos se adelantaban.

Jesús lo miró y le ordenó levantarse: “Toma tu lecho y anda”, le dijo, pero este hombre recién curado se metió en líos. A poco andar fue cuestionado por quienes, sabedores que ese día estaba consagrado al reposo, lo fustigaron por andar con el lecho a cuestas. Curiosos, le preguntaron quién lo había curado, y él les dijo “Jesús”, por lo que encontraron una de las primeras razones para perseguirlo y matarlo. Consideraban que su actitud era contraria a la Ley.

Además, los judíos venían muy cabreados porque Jesús los encontró haciendo pingües negocios frente al templo y les derribó las mesas. Les parecía rarísimo este hombre, también judío, recién llegado de Cafarnaúm, en plena víspera de la pascua. El acto del zarco de Galilea delante del templo fue tomado como una de las mayores afrentas. Según San Juan, halló en ese lugar “a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas”.

Pocas veces en el Nuevo Testamento se percibe a un Jesús irascible: “Quitad esto de aquí, y no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado”, les dijo, después de volcar las mesas y esparcir las monedas de los cambistas. Les aseguró además que destruido el templo, era capaz de levantarlo, nuevamente, en tres días. Incrédulos, no sabían qué decir, pues la construcción del primer templo había tomado 46 años. En el Viejo Testamento están sus medias precisas, las dimensiones del altar y el túmulo de sacrificios.

Al final de esa primera palabra revelada a través de los profetas, la cual culmina con Zacarías y Malaquías -el primero relata de manera precisa la aparición del Menorah, sus siete brazos de oro macizo, cuya lumbre es alimentada con aceite-, aparecen ahí los dos olivos a izquierda y derecha.
Era claro que a Jesús, no obstante ser de la estirpe de Abraham, querían abrirlo del parche. Los sacerdotes judíos miraban con recelo a toda esta gente que lo seguía por montes, valles, por las riberas del Mar de Tiberíades, y lo tocaban como si se tratara de un iluminado. Les había demostrado de manera suficiente que no era de este mundo; la noticia de que le había devuelto la visión a un ciego, que había convertido el agua en vino y que además había multiplicado los panes en una reunión donde había unas pocas hogazas, traían a la gente excitada por conocerlo. Además, en el gremio de pescadores, uno de los grupos donde más se miente en el mundo -basta preguntarle a un pescador de qué tamaño fue el pez más grande que un día capturó para entender la ausencia de verdad y justicia cuando describen el tamaño- certificaban cada uno de estos milagros.

Su acto más impresionante fue la resurrección de Lázaro, a quien dotó de vida y espíritu y lo envió a caminar otra vez entre los mortales.
Jesús resucitó al tercer día de ser crucificado. Tomás, uno de sus apóstoles, palpó su costado y los orificios que hicieron los clavos en sus manos. Una de sus últimas peticiones a Simón, hijo de Jonás, antes de reunirse con su Padre, fue: “Apacienta mis ovejas”.

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