Quemar a un hombre vivo

Febrero 05, 2015 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

No veo los videos de las decapitaciones que hace semanalmente el Estado Islámico, por la misma razón que evito ver películas de terror, las mismas que persiguen con la crudeza de sus imágenes las peores pesadillas, los sueños dormidos y despiertos.He creído siempre que asiste al espectador que busca un filme de terror, algún ingrediente masoquista. La última película de este género, la vi hace más de treinta años. En ella, una niña hace girar su cabeza mientras emite gruñidos; era, ‘El exorcista’, una producción que quizá es considerada venial ante la carga de perversidad y horror que puede verse hoy en Hollywood.En la noche del martes pasado, no obstante y quizá llevado por la desesperanza que producen los dolores del corazón, me atreví a ver el vídeo en el que el piloto jordano Muaz Kasasbeh, es quemado vivo dentro de una jaula, para ser cubierto después con piedras. Esta imagen, bajo mi propia responsabilidad, me perseguirá ahora toda la vida como un ejemplo más de la miseria humana.Leí luego los comentarios a pie de vídeo, realizados por gentes de todo el mundo; alguien propone “dejar caer otra bomba atómica” en los territorios del EI, una opinión que generó al menos quince réplicas de quienes recordaban al forista el peligro de responder con una extrema Ley del Talión –ojo por ojo- y las consecuencias de una devastación de este tamaño, probadas ya en Nagasaki e Hiroshima.Alguien, indignado, dice que se trata de “bestias de dos patas”, y otro contesta que “las bestias no harían esto”, que más respeto con los animales supuestamente irracionales.Otro lector manifestaba ahí que “esto no es lo peor”. Que lo verdaderamente degradante es lo que no vemos. En las guerras convencionales mueren miles, algunos con un nítido disparo en la nuca. El mundo entierra sus muertos y parece no horrorizarse con las centenares de cruces que cubren el sueño eterno de los justos. Lo que aterra a la humanidad es esta puesta en escena del horror, el cuchillo en el cuello, el fuego devorando a un hombre vivo, en esta, una de las peores guerras sucias del joven Siglo XXI; la beatitud de los fusilados que esperaban la descarga con los ojos vendados, la asepsia del balanceo pendular del ahorcado, quedaron atrás. Los islamistas de la Yihad deciden cómo deben morir sus prisioneros –de la manera más bizarra y humillante para la condición humana-, y además de ello usan un recurso que no existía en la primera mitad del Siglo XX: el trasteo inmediato de imágenes a través de las redes orbitales de comunicación.Si los padres estadounidenses hubieran visto a través de la TV la manera como sus hijos eran empalados en los arrozales de Vietnam, quizá esa guerra no hubiera durado 17 años. Es la visualización del horror la que llega hoy a veces en vivo y en directo a nuestras casas, y estamos ahí, inermes delante de la elección de contemplar o no, frente a frente, la cara de la muerte. El mundo se enfrenta hoy a esta víbora de siete cabezas que cabalga en el potro del apocalipsis. Ayer era Osama Bin Laden, la amenaza mayor, apoyado en un bastón, desde ignotas cuevas de piedra. Hoy es esta avanzada feroz del islam dando cumplimiento a aquella sentencia según la cual “Occidente no podrá dormir tranquilo un solo día”, la proclama de los hijos bárbaros de Alá hecha después de matar a más de 3.000 personas en el World Trade Center de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001. Mientras las guerra se envilece a sus niveles más escabrosos –toda guerra es vil y escabrosa- Estados Unidos, Inglaterra, Japón y ahora Jordania, se preguntan hoy quién morirá mañana.

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