Que vuelvan los trenes

Que vuelvan los trenes

Marzo 07, 2018 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Para un país que quiere estar en la liga grande del comercio mundial tener trenes es fundamental, pero hasta el momento ninguno de los candidatos a la presidencia colombiana ha presentado un proyecto serio para volver a mover el país como lo hacen Alemania, Reino Unido, Estados Unidos, China, India y Rusia.

Algunos de los momentos más bellos de mi vida los he vivido a bordo de un tren; como cuando ingresé de mañanita por las paralelas de un puente y se abrió de pronto el horizonte del mar con barcas que cabeceaban a los lejos; esa llegada desde la estación del ferrocarril de Bolonia, me hizo pensar en el Puente del Piñal, pero en esa mañana no llegaba a Buenaventura. Era Venecia con sus legendarios canales, y yo estaba enamorado.

O salir de la estación de Salamanca a tomar el tren que va hasta Ávila, porque en la plaza de toros de esa ciudad amurallada se daba un concierto de Joan Manuel Serrat, el cantor que nos traería otra vez a Miguel Hernández y a don Antonio Machado.

Otros trenes me llevaron por la felicidad del mundo; con mi amigo Iván Ramos hicimos el pacto de ir cada fin de semana por ‘Alphabet City’, ese intrincado mundo de la A a la Z, en la isla de Manhattan, en busca del mejor Martini, de los sucios y los gloriosos, en bares irlandeses, y del sushi secreto en pequeñas cocinas japonesas, o del ‘lobster roll’ en las barras donde se discute béisbol delante de seis pantallas, mientras los barman sirven cerveza del barril. ‘Harp’, apenas ordeñada, y ‘Samuel Adams’, rubia, en el verano.

Ramos conoce tan bien ‘Alphabet City’, que me hizo ir hasta el lugar donde cayó Josefina Wilson, la mujer que le disparó a Pedro Navaja con un Smith & Wesson del especial, cuando el bandido cayó en la acera “mientras reía”. Valiente pescador, “para el anzuelo que tiraste, en vez de una sardina, un tiburón enganchaste…”

Estos eran paseos donde el tren y el deseo de vagabundear por Nueva York en jeans y tenis, al azar, nos hacía bajarnos en una estación cualquiera, para saber qué sorpresa nos aguardaba. Esperaba con felicidad el viernes o el sábado, porque tomábamos en New Haven el taxi más grande del mundo, el tren ‘Metro North’ que va a Manhattan en menos de una hora. Nos hacíamos a la mar, diré, a las paralelas, con el ‘Boston Globe’ o el ‘New York Times’.

Recordaba entonces, en ese confort de los trenes gringos, el día que mi abuelo iba a tener una pelea en un tren entre Buenaventura y Cali, porque antes de un túnel su maleta de madera cayó sobre otro pasajero.

Ninguna experiencia en tren se compara, no obstante, con la de viajar entre Bogotá y Santa Marta en ‘El Expreso del Sol’. Tenía yo 18 años y me embarqué en 1974 con más de 50 compañeros de último año del Colegio Pascual de Andagoya, en la Estación de la Sabana. Era el regalo que hacía cada año el Ferrocarril del Pacífico a los futuros bachilleres. Casi dos días con la música del tren en mis oídos, todos los climas del país en la ventana y la esperanza de ver, en una vuelta del vagón, a las muchachas del Liceo Femenino del Pacífico, que venían en un coche contiguo, vigiladas pretorianamente por sus profesoras.

Pero en la noche de Supía bajamos a arrancar cañas de las plantaciones, y anunciamos ‘show’ de estriptis junto al coche restaurante. Los meseros, de chaqueta roja, engalanados como generales, miraban sonrientes aquel alboroto de gritos y música. Aquella parodia de espectáculo mundano en un tren, quedó en mi memoria, como la luna de las linternas con las que iluminábamos al improvisado actor. Magdalena se anunció con el ‘guineo paso’, y al final, como ya lo había escrito Gabo, entramos por un corredor de rocas bermejas que dejaba ver al final la línea azul del océano. Nuestros nietos merecerían esta experiencia.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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