Que se acaba el mundo

Febrero 09, 2017 - 10:13 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Que el mundo acabará este 16 de febrero, aseguró el astrónomo ruso Damir Dyomin al periódico ‘Daily News’, y la aseveración ha provocado cascadas de hipótesis en las redes, pues este personaje dice que caerá a la tierra un pedazo de Nibiru, el llamado Planeta X, del cual se habla desde el tiempo de los babilonios.

Los astrónomos serios no creen en esta hipótesis, pues Nibiru nunca ha aparecido de manera real en los telescopios más potentes, pero Dyomin dice que el asteroide mide seis millas de largo y 1 kilómetro de ancho, y “se estrellará contra la tierra, destruirá varias ciudades y causará un mega tsunami…”

Al intruso le tienen ya nombre: Se llama ‘2016 WF9’, porque, contrario a lo que piensan algunos astrofísicos, la Nasa sí lo detectó en noviembre pasado. Podría ser un cometa rezagado, cuya consistencia está hecha de hielo, amoníaco y polvo entre otros elementos.

Mi abuela vio pasar al Halley en 1910; estaba en Tumaco y nos contaba que su cola iluminó la playa del Morro a su paso, mientras todo el pueblo oraba para que aquella estela incandescente no tocara la tierra, porque hasta ahí llegaba el guararé. El paso del Halley -transita cerca de la tierra y es visible cada 76 años; su último peregrinaje fue en 1986 y el próximo será en el 2062- causó dos fenómenos en Tumaco: Por primera vez llovió hielo sobre los huertos y los corteros de madera y pescadores corrían a guarecerse para evitar ser descalabrados. Mi abuela y sus hermanas tuvieron una idea genial; con estos trozos de hielo prepararon una limonada celestial.

También, un tsunami, en ese tiempo lo llamaban ‘marejada’, amenazó con cubrir Tumaco. El cura salió hasta la playa llevando un Cristo, con todo el pueblo detrás, y la ola –decía mi abuela que era tan alta como un edificio turbio- se devolvió mansita a los fondos abisales.

Yo le creía todo a mi abuela, hasta hoy, pues ella tenía memoria también de la Guerra de los Mil Días. Nos contaba cómo su familia debió cavar en la tierra para vivir en una cueva mientras pasaba la refriega. Mi bisabuelo, el coronel Rubén Salinas, liberal, hijo de Juan de la Cruz, un filipino que abrió una tienda de tabaco y aparejos de pesca en la zona de Vaquería –dicen que también sembró sandías- murió de un tiro en el pecho. Siempre le preguntamos a mi abuela dónde estaba enterrado. Ella nos decía con absoluta firmeza que lo había engullido una ballena. Andando el tiempo, cuando pude averiguar las circunstancias fratricidas de quienes pelearon en la Batalla de La Viciosa, entendí que entonces las víctimas eran lanzadas al mar. Pero mi abuela, inspirada quizá por Jonás, nos habló siempre de la ballena, y es por eso que al coronel Rubén Salinas todavía lo estamos esperando.

Ahora, tantas veces han anunciado el fin del mundo que ya no lo creemos. La última vez, aquel 21 de diciembre de 2012 -entonces, ya doce años antes se había predicho un colapso universal al cambiar de siglo-, fui a comprar unos víveres en La 14, por lo que pudiera pasar. Seis latas de atún, una linterna, tres galones de agua sin gas y un pito; aunque, si el que viene es el Galileo -acuérdense que prometió volver- no hay pito ni atún que valga. De todos modos, mirando el reloj, pregunté a un portero por la ventanilla de mi camioneta: “Cuénteme una cosa, usted que debe estar más enterado… ¿A qué horas se acaba el mundo? Me miró con sorpresa mientras recibía el tiquete de parqueadero, y respondió: “El mundo se acaba el día que uno se muere…”. ¡Touché!

Hoy, nuevamente, ya sin la autoría de los Mayas, astrofísicos de dudosa escuela, pastores mesiánicos y mercachifles -no quiero decir que signifiquen lo mismo- vuelven a asegurar que el jueves 16 de febrero se acabará el foforro. Que Dios nos coja confesados.

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