Prodigios del sabajón

Diciembre 24, 2015 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Un amigo me invitó por estos días a beber ‘whisky’ y le agradecí con una sentencia: prefiero el aguardiente de alambique casero, porque por lo menos te deja ciego. Para lo que hay que ver, con un ojo basta. En cambio el escocés adulterado mata inmediatamente.No volví a beber aguardiente, ni del bueno ni del malo, desde una vez que padecí una ebriedad de pesadilla: sentía que unos muñequitos, del tipo Mario Bros, entraban en mi cerebro por unas escaleritas, y sacaban de ahí, con palas, un mineral parecido al coltán, el que luego depositaban en unas carretas al pie de mi oreja. Así, una y otra vez, por toda la noche.Me pasé al Olmedo Parra, que se bebe tan bien como el Chivas o el Sello Negro. Al sello azul sólo invitaba el Mono Cantero en tiempos del hostal español de Guillermo Crespo, donde degustábamos unos paellones, con unos langostinos que no volvieron a salir del mar.Pero, ya en serio, el whisky más peleón y áspero que puede existir, es el Ballantine’s. En los Estados Unidos cuesta más una botella de aguardiente Cristal. Acostumbraba a mantener mis dos litros de Chivas en casa, pero noté que cada vez que hacía un fiestón, yo era el que menos lo paladeaba. Mis amigos lo escanciaban, “until the last drop”; traducción: “Hasta la última gota…”. Entonces, craneé una idea fantástica; reenvasaba Ballantine’s en botellones de Chivas, y el resultado fue maravilloso. A medida que transcurría el sarao, me preguntaban de dónde había sacado un escocés tan sápido, tan entucador y delicioso. Al ver la botella, ya no tenían duda: “Ah, claro, veinte años, gran bouquet”, y venía el abrazo, porque colombiano que se respete, cuando ha ingerido más de tres lamparazos, le da por abrazar.La solución etílica me ahorró más de ochenta dólares por ágape. Sé que en Colombia, procesado en ignotos alambiques, venden un whisky hecho en Soacha, que tiene el pomposo nombre de ‘Lord Thomas’, el cual me hace recordar esas primeras parrandas escolares en el puerto, donde escanciábamos unos caldos que no he vuelto a ver: Vat 69, White Horse, Black & White, los que podíamos comprar en los tenderetes del contrabando panameño, y con lo que bailábamos boogaloo, Jala Jala, y hasta ritmo Watussi.En estos días, por pura bacanería, traje a casa una botella de Vino Sansón, la cual se ha convertido en estrella navideña. Ya algunos lo comparan con Dubonnet o con Manischewitz, el vino hebreo de mesa.Ah, pero nada se compara con ese ponche amarillo que encontrábamos en las tiendas, procesado en Guatavita, el cual tenía el célebre nombre de sabajón. En el colegio, hice parte del grupo de teatro y teníamos que representar ‘En el camino real’, una obra de Anton Chejov, en la que yo era Savva, mujik ruso, patriarca respetable en una casa de salteadores de caminos y prostitutas del viejo imperio zarista. Antes de salir a las tablas, nos aplicamos dos botellas de sabajón, para aligerar la lengua y recordar el libreto. El bendito licor obró en nosotros un efecto contrario. Olvidamos totalmente los diálogos y nos tocó improvisar, con tan buena suerte que nadie se enteró y a todo el mundo le pareció genial.Debimos salir dos veces a escena, e inclinar respetuosamente la cabeza delante del público, porque la gente estaba en pleno fervor con esa maravilla de la dramaturgia porteña que acababan de ver. Desde mi barba postiza y un saco de mi padre que me llegaba a la rodilla, veía por el rabillo del ojo a mi abuela, que aplaudía frenética. Debo admitir que sentí un poco de vergüenza, pero, al tiempo, pensé, hubiera sido peor quedarnos mudos en aquel quilombo ruso donde yo, Savva, debía poner orden entre tanto malandro.

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